Según el DSM V, la eyaculación precoz es un trastorno que padecen los hombres, consistente en que la eyaculación, durante la actividad sexual, se produce durante el minuto siguiente a la penetración vaginal y se da entre el 75 -100% de las veces en los últimos 6 meses. Esta definición aunque funcional, presenta muchos inconvenientes desde nuestro punto de vista como psicólogos.
Problemas de la definición
El primero, es que ve la respuesta sexual en términos mecanicistas muy simples, sin tener en cuenta otros factores más importantes como la satisfacción personal y de la pareja. Es decir, un trastorno es algo que por definición causa malestar subjetivo en la persona que lo padece. Supongamos por un momento que Segismundo está con su pareja, y llega a la eyaculación a los 40 segundos de empezar la penetración vaginal, pero él se siente satisfecho y su pareja tiene una sonrisa de enorme satisfacción. ¿Tendría un trastorno de eyaculación precoz Segismundo? Evidentemente mientras ambos estén satisfechos, NO lo tendría. Supongamos ahora que Segismundo es homosexual. ¿Tendría problemas de eyaculación precoz según la definición? Evidentemente no, porque no iba a penetrar ninguna vagina. Llegando a la conclusión lógica, aunque la realidad nos diga lo contrario, que los homosexuales jamás tendrían problemas de eyaculación precoz…
Es la primera vez que Segismundo mantiene relaciones sexuales, está nervioso, y tarda 59 segundos en eyacular, la siguiente relación sexual se da a los 5 meses y tarda 90 segundos en eyacular. En este caso, según la definición, tampoco tendría eyaculación precoz porque ha durado nada más y nada menos ¡Un minuto y medio! Por último, tenemos a Segismundo que empieza la relación sexual recibiendo sexo oral durante 40 minutos, después penetra vaginalmente a su pareja y eyacula a los 30 segundos. Como habrá podido deducir, el avispado lector siguiendo a la definición, Segismundo SÍ tendría eyaculación precoz. Siendo esta afirmación bastante cuestionable.
¿Qué es la eyaculación precoz?
Después de todos estos ejemplos, ¿Qué podríamos decir que es la eyaculación precoz? La eyaculación precoz es la eyaculación antes de que pasen 5 minutos, después de recibir estimulación directa del pene mediante masturbación, sexo oral o penetración. También es eyaculación precoz eyacular antes de recibir ninguna estimulación directa del pene.
Esta situación tiene que darse casi todas las veces que se hayan tenido relaciones sexuales. Si se ha dado solo la última vez no es significativo pues puede que se estuviera altísimamente excitado.
Por último, esta situación tiene que causar malestar subjetivo en la propia persona o en la pareja estable o con vínculo afectivo. Si la pareja no es estable o no hay vínculo afectivo lo que opine del poco tiempo que se ha tardado en eyacular importará más bien poco puesto que la relación sexual está orientada simplemente al goce y disfrute nuestro.
¿Por qué se da la eyaculación precoz?
Entre el 1 -3% de la población masculina padece o ha padecido alguna vez eyaculación precoz. Esto, en cifras españolas seria que entre 230.000 y 690.000 varones españoles lo sufren. La eyaculación precoz se produce por una falta de control sobre la eyaculación, así mismo por el uso deficiente de estrategias para retrasarla y una elevada ansiedad durante la respuesta sexual. La ansiedad provocada en el hombre por satisfacer a su pareja provoca lo que se llama <<ansiedad de rendimiento>> que es sentir ansiedad por querer satisfacer a su pareja a toda costa, para afirmarse a sí mismo como buen amante.
Ansiedad y eyaculación precoz
La ansiedad y los trastornos sexuales se llevan francamente mal. La ansiedad se produce cuando hay una percepción de peligro. Como el mantener relaciones sexuales nos deja en una situación desprotegida ante posibles peligros no esperados, el cerebro interpreta que cuanto antes acabes mejor.
Otra consecuencia que se produce en hombres con eyaculación precoz es que su deseo sexual va bajando paulatinamente debido a lo que se llama <<ansiedad anticipatoria>> que consiste en anticipar el fracaso en situaciones similares futuras. En este caso consiste en pensar, casi sin dudarlo, que volverá a eyacular demasiado pronto en los posibles encuentros sexuales futuros, y sufrirá las consecuencias de lo que dirá su pareja. Ante esa situación, el deseo sexual baja para que bajen la posibilidad de encuentros sexuales y de esa manera no sufrir las consecuencias de una pareja poco satisfecha que dañaría la autoestima personal.
Tratamientos para la eyaculación precoz
Recientemente ha salido al mercado, como tratamiento farmacológico, una pastilla llamada Priligy, que triplica el intervalo de tiempo entre el inicio de la relación sexual y la eyaculación, lo que en efectos prácticos significa que si antes se duraba 50 segundos ahora durará unos magníficos 150 segundos.
El tratamiento psicológico para la eyaculación precoz consiste en enseñar al paciente a conocer y controlar su cuerpo y su excitación, mediante el aprendizaje de técnicas de relajación durante la relación sexual, eliminando mitos sexuales, y los pensamientos erróneos. Por supuesto si padeces de eyaculación precoz u otros temas relacionados con la sexología y quieres disfrutar mas de las relaciones sexuales tenemos tratamientos altamente eficaces para ayudarte, pide cita.
Para acabar hagamos un ejercicio nostálgico ¿Cuándo fue la ultima vez que eyaculaste tan rápido que no disfrutaste plenamente de la relación sexual? ¡Rápido, compártela!
Muchas gracias por leerlo hasta el final, por vuestros comentarios, por compartirlo, por vuestros «me gusta » y «+1», y sobre todo por estar a ese lado haciendo que esto sea posible.
Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.
Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos
en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.
Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de
ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo,
llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora.
Su familia también sabe que normalmente está disponible.
Él se considera generoso.
También se considera agotado.
Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo
problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre
comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.
Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que
Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.
Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.
Lunes · Capítulo 1
Tranquilo, yo me encargo
El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había
acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.
A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la
contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.
—Leo, una cosa.
«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.
—Dime.
Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía
a visitar a un cliente en dirección contraria.
—¿Te importaría acercarlos tú?
Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.
Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos.
Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.
Lo tenía clarísimo.
—Tranquilo, yo me encargo.
Sergio me dio una palmada en el hombro.
—Me salvas.
Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró
aproximadamente once segundos.
Después recordé lo de Marcos.
Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?
Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.
A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once,
mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento».
A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.
A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una
transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula
de Excel que no era mía.
Y me enfadé.
No con alguien en concreto. Con la humanidad.
Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la
persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.
Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.
Yo llegué a casa a las siete y cuarto.
—No he parado —anuncié al entrar.
Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre,
la gestoría, el tráfico y el banco.
Cuando terminé esperaba una frase solidaria.
Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.
—¿Y a cuántos les has dicho que no?
Me molestó bastante la pregunta.
Sobre todo porque sabía la respuesta.
¿Qué estamos observando?
Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades
o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera
sido completamente impuesta desde fuera.
Martes · Capítulo 2
Cinco segundos
El martes decidí hacer un experimento.
No cambiar nada. Solo observar.
A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo
de WhatsApp del colegio.
Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar
el jueves las cajas de folios para la clase?
Yo estaba untando mantequilla en una tostada.
Pensé: «Yo puedo».
Después: «Pero el jueves entro antes».
Después: «Seguro que nadie responde».
Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».
Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».
Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.
Mis dedos ya estaban escribiendo:
Si hace falta las llevo yo.
No pulsé enviar.
—¿Qué haces? —preguntó Nuria.
—Nada.
Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente
mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».
—No puedes el jueves.
—Puedo organizarme.
—No he dicho eso. He dicho que no puedes.
—Bueno, poder puedo.
Nuria bebió café.
Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si
fastidias suficientemente el resto del día.
A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.
Sentí alivio.
Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de
reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había
resuelto solo en quince minutos.
Al mediodía llegó otra prueba.
Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el
armario de la niña?
Yo quería salir con la bici.
Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había
quedado y que podíamos hacerlo otro día.
La releí.
La borré.
Finalmente escribí:
Sí, claro. ¿A qué hora?
Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.
Lo que puede pasar desapercibido
Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la
desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina
rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.
Miércoles · Capítulo 3
La gente tiene mucha cara
El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico
definitivo de mi situación.
La gente tenía mucha cara.
No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.
Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa
seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había
ocupado mi sábado.
—La gente se acostumbra —dije.
—Puede ser.
—Como solucionas una cosa, luego otra...
—Sí.
—Al final se aprovechan.
—También puede ser.
—Exactamente.
Nuria guardó unos yogures en la nevera.
—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.
Ahí terminó nuestra etapa de concordia.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Le has dicho que sí.
Llamé a mi hermana.
—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?
—No.
Hubo un silencio.
—¿No?
—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el
siguiente.
Me quedé mirando la pared.
—¿Tenías algo?
Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».
—Quería salir con la bici.
—Pues sal con la bici, criatura.
Eso fue todo.
Ningún reproche.
Ninguna ruptura familiar.
Nadie modificó el testamento.
Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían.
Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.
¿Qué cambia aquí?
Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros
límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.
Jueves · Capítulo 4
Nadie me obliga
El jueves hice una lista.
La titulé:
COSAS QUE TENGO QUE HACER.
Había diecisiete.
Después añadí dos columnas:
¿Tengo realmente que hacerlo?
¿He dicho que sí?
La lista se volvió incómoda.
Llevar a mi madre al especialista: sí.
Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.
Recoger un paquete de Sergio: tampoco.
Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»:
definitivamente no.
Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía,
directamente, a otro departamento.
A las doce apareció Sergio.
—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?
Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.
—Depende.
Sergio se rio.
—Hostia. Septiembre te ha cambiado.
Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.
Mi respuesta habitual estaba preparada.
Pero esta vez dije:
Hoy no me viene bien.
No añadí nada.
Sergio esperó.
Yo también.
Aquello duró quizá un segundo y medio.
—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.
Y se fue.
Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.
Aquella tarde comprendí algo.
Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a
sobrevivir a los treinta segundos posteriores.
Lo que puede pasar desapercibido
Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de
justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos
hecho algo incorrecto.
Viernes · Capítulo 5
No puedo
El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.
Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos
salvas.
Lo primero que pensé fue que podía.
Técnicamente.
Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido
hacer arroz.
También quería dormir.
Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente
explica por qué es tan fácil sacrificarlo.
Escribí:
Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.
Me pareció salvaje.
Estuve a punto de añadir una explicación.
No lo hice.
Pulsé enviar.
Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.
Finalmente llegó la respuesta.
Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.
Eso fue todo.
Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía
de conversaciones ficticias.
Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.
Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.
Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos
una vulneración de derechos fundamentales.
Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación
de impedirlo.
Una distinción importante
Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal.
A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta
a la habitual.
Sábado · Capítulo 6
La catástrofe
El sábado salí con la bicicleta.
Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que
comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.
A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más
que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.
Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.
A las once llamó Nuria.
—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?
Podía hacerlo.
Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación
logística.
—Hoy preferiría no hacerlo.
Silencio.
—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.
—¿Te molesta?
—Un poco.
Ahí estaba.
La catástrofe.
Mi mujer estaba un poco molesta.
Esperé a que ocurriera algo más.
—Pero puedes estar molesta conmigo.
Nuria se rio.
—Gracias por autorizarme.
Me quedé mirando el teléfono.
Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente
aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un
poco incómodo conmigo.
Y allí estaba yo.
Nuria estaba ligeramente molesta.
Yo seguía vivo.
Seguíamos casados.
La OTAN no había activado ningún protocolo.
Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.
Poner límites no elimina los conflictos
Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones
también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo
no es conseguir que nadie se moleste nunca.
Domingo · Capítulo 7
Tranquila
Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.
Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.
—Leocadio.
Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.
Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.
—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.
Miré el calendario.
El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.
Podía ir.
Naturalmente que podía.
Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el
coche y llegar al banco a las doce.
Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:
«Tranquila, yo me encargo».
Pero dije:
Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.
—Pero yo quería dejarlo hecho.
Noté la culpa.
Era exactamente la misma sensación de siempre.
La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.
—Ya. El miércoles voy contigo.
Mi madre suspiró.
—Bueno.
No sonó feliz.
Tampoco era imprescindible.
Antes de colgar dije:
—Tranquila.
Pero esta vez no añadí «yo me encargo».
A la una llegó toda la familia.
Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo
vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca
del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante
varios minutos que aquello se llamaba «punto».
Comimos.
Nadie habló de límites.
Nadie necesitaba hacerlo.
El miércoles acompañaría a mi madre al banco.
El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.
Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.
Seguiría haciendo favores.
La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.
Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.
Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos
para averiguar si realmente quería hacerlo.
¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?
Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones,
relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas
dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.
Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo
podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.
El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos
a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de
prisas, cansancio o resentimiento.
La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos
rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo
mostramos.
Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente.
Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas
que preferiríamos no hacer.
La diferencia está en poder decidirlo.
Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse
decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.
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