El duelo es una experiencia profunda y multifacética que todos nosotros enfrentamos en algún momento de nuestras vidas. Es una respuesta natural y necesariafrente a la pérdida de un ser querido, una relación, una oportunidad o incluso la pérdida de una parte de uno mismo. A lo largo de este artículo, nuestro psicólogo en Alcalá de Henares explorará diferentes aspectos del afrontamiento del duelo y cómo podemos encontrar apoyo durante este proceso.
¿Qué es el duelo?
El duelo es una respuesta emocional y psicológica a la pérdida. Es un proceso que nos permite ajustarnos y adaptarnos a la realidad de la partida de algo o alguien significativo en nuestra vida. Es importante tener en cuenta que no hay una forma única de experimentar el duelo, ya que cada persona lo vive de manera diferente. Al igual que las olas del océano, el duelo puede tener altibajos, momentos de intensa tristeza y también momentos de aceptación y esperanza. Aquí te explicamos más sobre la psicología del duelo.
¿Cuáles son las fases del duelo?
El proceso del duelo puede dividirse en diferentes fases, aunque es importante recordar que no todos experimentamos estas fases de la misma manera o en el mismo orden. Algunas personas pueden pasar más tiempo en una fase que en otra, y algunas pueden incluso experimentar diferentes fases al mismo tiempo. Algunas de las fases comunes del duelo incluyen:
Negación: En esta etapa, es común sentir incredulidad y negar la realidad de la pérdida.
Ira: Sentimientos de enojo, resentimiento y frustración son comunes durante esta fase.
Tristeza: La tristeza profunda y el llanto frecuente son características de esta etapa del duelo.
Aceptación: En este momento, comenzamos a aceptar y adaptarnos a la realidad de la pérdida.
Estas fases no son lineales ni están limitadas en tiempo, y cada persona puede experimentarlas de manera única. Es importante recordar que el duelo es un proceso personal y no hay una forma correcta o incorrecta de atravesarlo.
Reacciones comunes al afrontar el duelo
Al experimentar el duelo, es normal tener una variedad de reacciones emocionales y físicas. Cada persona puede experimentar diferentes síntomas y reacciones, pero algunos de los más comunes incluyen:
Sentimientos de tristeza profunda y melancolía.
Pérdida de interés en actividades que antes eran placenteras.
Dificultad para dormir o cambios en los patrones de sueño.
Pérdida de apetito o aumento en el apetito emocional.
Problemas de concentración y memoria.
Experimentar pensamientos intrusivos o recurrentes sobre la pérdida.
Estas reacciones son normales y forman parte del proceso de duelo. Es importante permitirse sentir y procesar estas emociones y, si es necesario, buscar apoyo emocional para ayudarnos a navegar a través de ellas.
La importancia del apoyo emocional durante el duelo
El apoyo emocional durante el duelo puede jugar un papel crucial en nuestro proceso de sanación. Ya sea a través de amigos cercanos, familiares, grupos de apoyo o profesionales de la salud mental, encontrar un espacio seguro para expresar nuestras emociones y recibir apoyo puede ser de gran ayuda. Al compartir nuestros sentimientos y experiencias con otros, podemos sentirnos comprendidos y acompañados en nuestro camino hacia la sanación.
Es fundamental recordar que buscar ayuda no es un signo de debilidad, sino una muestra de valentía y autocuidado. El apoyo emocional puede brindarnos la fuerza y la guía necesarias para recorrer este camino de duelo de manera más saludable y efectiva.
Asesoramiento y terapia de duelo
El asesoramiento y la terapia de duelo son recursos valiosos para aquellos que están enfrentando la pérdida. Estos servicios pueden proporcionar un espacio seguro y confidencial para explorar y procesar nuestras emociones. Los terapeutas de duelo están capacitados para ayudarnos a dar sentido a nuestra experiencia, aprender estrategias de afrontamiento saludables y brindarnos apoyo práctico en cada etapa de nuestro proceso de duelo.
Al buscar asesoramiento o terapia de duelo, es importante encontrar a un profesional con experiencia en esta área específica. Cada pérdida es única y trabajar con alguien que comprenda las complejidades del duelo puede marcar una gran diferencia en nuestro proceso de recuperación.
Resiliencia al afrontar el duelo
La resiliencia es un concepto poderoso que puede ayudarnos a enfrentar y superar el duelo. La resiliencia es como un músculo que podemos fortalecer y desarrollar a lo largo de nuestras vidas. Nos permite adaptarnos a los desafíos y responder de manera saludable a las circunstancias difíciles. Aunque el duelo puede ser abrumador, la resiliencia nos permite encontrar fuerza y esperanza en medio de la adversidad.
Para cultivar la resiliencia durante el duelo, es importante:
Cuidarse a sí mismo física y emocionalmente.
Buscar apoyo en amigos, familiares o grupos de apoyo.
Practicar técnicas de manejo del estrés, como la meditación o la respiración consciente.
Permitirse sentir y procesar las emociones de manera saludable.
Establecer metas realistas y alcanzables.
Al fortalecer nuestra resiliencia, podemos encontrar la capacidad de enfrentar el duelo de una manera que nos permita seguir adelante y encontrar una nueva normalidad en nuestras vidas.
Volver a la vida cotidiana después del duelo
El duelo no es una línea recta hacia la curación completa, sino un proceso en constante evolución. A medida que avanzamos en nuestro camino de duelo, eventualmente llegará el momento en que comenzaremos a volver a la vida cotidiana. Este proceso de regreso puede ser desafiante y, a veces, pueden surgir sentimientos de culpa o incluso miedo a olvidar a la persona o situación que perdimos.
Es importante recordar que volver a la vida cotidiana no implica olvidar a la persona o situación que perdimos, sino encontrar una manera de honrar y recordar a través de nuestra experiencia. Puede ser útil establecer rituales de duelo personales, conectar con otros que han experimentado pérdidas similares o encontrar formas creativas de recordar y honrar a través del arte, la escritura o el voluntariado.
Al permitirnos volver a la vida cotidiana de manera gradual y amorosa, podemos encontrar la fuerza para seguir adelante mientras llevamos con nosotros el amor y los recuerdos de lo que hemos perdido.
Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.
Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos
en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.
Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de
ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo,
llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora.
Su familia también sabe que normalmente está disponible.
Él se considera generoso.
También se considera agotado.
Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo
problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre
comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.
Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que
Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.
Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.
Lunes · Capítulo 1
Tranquilo, yo me encargo
El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había
acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.
A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la
contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.
—Leo, una cosa.
«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.
—Dime.
Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía
a visitar a un cliente en dirección contraria.
—¿Te importaría acercarlos tú?
Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.
Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos.
Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.
Lo tenía clarísimo.
—Tranquilo, yo me encargo.
Sergio me dio una palmada en el hombro.
—Me salvas.
Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró
aproximadamente once segundos.
Después recordé lo de Marcos.
Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?
Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.
A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once,
mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento».
A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.
A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una
transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula
de Excel que no era mía.
Y me enfadé.
No con alguien en concreto. Con la humanidad.
Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la
persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.
Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.
Yo llegué a casa a las siete y cuarto.
—No he parado —anuncié al entrar.
Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre,
la gestoría, el tráfico y el banco.
Cuando terminé esperaba una frase solidaria.
Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.
—¿Y a cuántos les has dicho que no?
Me molestó bastante la pregunta.
Sobre todo porque sabía la respuesta.
¿Qué estamos observando?
Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades
o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera
sido completamente impuesta desde fuera.
Martes · Capítulo 2
Cinco segundos
El martes decidí hacer un experimento.
No cambiar nada. Solo observar.
A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo
de WhatsApp del colegio.
Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar
el jueves las cajas de folios para la clase?
Yo estaba untando mantequilla en una tostada.
Pensé: «Yo puedo».
Después: «Pero el jueves entro antes».
Después: «Seguro que nadie responde».
Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».
Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».
Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.
Mis dedos ya estaban escribiendo:
Si hace falta las llevo yo.
No pulsé enviar.
—¿Qué haces? —preguntó Nuria.
—Nada.
Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente
mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».
—No puedes el jueves.
—Puedo organizarme.
—No he dicho eso. He dicho que no puedes.
—Bueno, poder puedo.
Nuria bebió café.
Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si
fastidias suficientemente el resto del día.
A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.
Sentí alivio.
Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de
reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había
resuelto solo en quince minutos.
Al mediodía llegó otra prueba.
Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el
armario de la niña?
Yo quería salir con la bici.
Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había
quedado y que podíamos hacerlo otro día.
La releí.
La borré.
Finalmente escribí:
Sí, claro. ¿A qué hora?
Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.
Lo que puede pasar desapercibido
Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la
desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina
rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.
Miércoles · Capítulo 3
La gente tiene mucha cara
El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico
definitivo de mi situación.
La gente tenía mucha cara.
No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.
Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa
seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había
ocupado mi sábado.
—La gente se acostumbra —dije.
—Puede ser.
—Como solucionas una cosa, luego otra...
—Sí.
—Al final se aprovechan.
—También puede ser.
—Exactamente.
Nuria guardó unos yogures en la nevera.
—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.
Ahí terminó nuestra etapa de concordia.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Le has dicho que sí.
Llamé a mi hermana.
—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?
—No.
Hubo un silencio.
—¿No?
—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el
siguiente.
Me quedé mirando la pared.
—¿Tenías algo?
Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».
—Quería salir con la bici.
—Pues sal con la bici, criatura.
Eso fue todo.
Ningún reproche.
Ninguna ruptura familiar.
Nadie modificó el testamento.
Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían.
Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.
¿Qué cambia aquí?
Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros
límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.
Jueves · Capítulo 4
Nadie me obliga
El jueves hice una lista.
La titulé:
COSAS QUE TENGO QUE HACER.
Había diecisiete.
Después añadí dos columnas:
¿Tengo realmente que hacerlo?
¿He dicho que sí?
La lista se volvió incómoda.
Llevar a mi madre al especialista: sí.
Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.
Recoger un paquete de Sergio: tampoco.
Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»:
definitivamente no.
Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía,
directamente, a otro departamento.
A las doce apareció Sergio.
—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?
Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.
—Depende.
Sergio se rio.
—Hostia. Septiembre te ha cambiado.
Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.
Mi respuesta habitual estaba preparada.
Pero esta vez dije:
Hoy no me viene bien.
No añadí nada.
Sergio esperó.
Yo también.
Aquello duró quizá un segundo y medio.
—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.
Y se fue.
Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.
Aquella tarde comprendí algo.
Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a
sobrevivir a los treinta segundos posteriores.
Lo que puede pasar desapercibido
Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de
justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos
hecho algo incorrecto.
Viernes · Capítulo 5
No puedo
El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.
Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos
salvas.
Lo primero que pensé fue que podía.
Técnicamente.
Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido
hacer arroz.
También quería dormir.
Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente
explica por qué es tan fácil sacrificarlo.
Escribí:
Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.
Me pareció salvaje.
Estuve a punto de añadir una explicación.
No lo hice.
Pulsé enviar.
Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.
Finalmente llegó la respuesta.
Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.
Eso fue todo.
Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía
de conversaciones ficticias.
Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.
Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.
Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos
una vulneración de derechos fundamentales.
Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación
de impedirlo.
Una distinción importante
Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal.
A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta
a la habitual.
Sábado · Capítulo 6
La catástrofe
El sábado salí con la bicicleta.
Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que
comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.
A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más
que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.
Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.
A las once llamó Nuria.
—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?
Podía hacerlo.
Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación
logística.
—Hoy preferiría no hacerlo.
Silencio.
—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.
—¿Te molesta?
—Un poco.
Ahí estaba.
La catástrofe.
Mi mujer estaba un poco molesta.
Esperé a que ocurriera algo más.
—Pero puedes estar molesta conmigo.
Nuria se rio.
—Gracias por autorizarme.
Me quedé mirando el teléfono.
Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente
aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un
poco incómodo conmigo.
Y allí estaba yo.
Nuria estaba ligeramente molesta.
Yo seguía vivo.
Seguíamos casados.
La OTAN no había activado ningún protocolo.
Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.
Poner límites no elimina los conflictos
Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones
también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo
no es conseguir que nadie se moleste nunca.
Domingo · Capítulo 7
Tranquila
Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.
Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.
—Leocadio.
Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.
Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.
—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.
Miré el calendario.
El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.
Podía ir.
Naturalmente que podía.
Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el
coche y llegar al banco a las doce.
Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:
«Tranquila, yo me encargo».
Pero dije:
Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.
—Pero yo quería dejarlo hecho.
Noté la culpa.
Era exactamente la misma sensación de siempre.
La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.
—Ya. El miércoles voy contigo.
Mi madre suspiró.
—Bueno.
No sonó feliz.
Tampoco era imprescindible.
Antes de colgar dije:
—Tranquila.
Pero esta vez no añadí «yo me encargo».
A la una llegó toda la familia.
Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo
vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca
del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante
varios minutos que aquello se llamaba «punto».
Comimos.
Nadie habló de límites.
Nadie necesitaba hacerlo.
El miércoles acompañaría a mi madre al banco.
El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.
Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.
Seguiría haciendo favores.
La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.
Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.
Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos
para averiguar si realmente quería hacerlo.
¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?
Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones,
relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas
dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.
Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo
podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.
El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos
a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de
prisas, cansancio o resentimiento.
La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos
rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo
mostramos.
Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente.
Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas
que preferiríamos no hacer.
La diferencia está en poder decidirlo.
Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse
decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.
Para ofrecer las mejores experiencias, utilizamos tecnologías como las cookies para almacenar y/o acceder a la información del dispositivo. El consentimiento de estas tecnologías nos permitirá procesar datos como el comportamiento de navegación o las identificaciones únicas en este sitio. No consentir o retirar el consentimiento, puede afectar negativamente a ciertas características y funciones.
Funcional
Siempre activo
El almacenamiento o acceso técnico es estrictamente necesario para el propósito legítimo de permitir el uso de un servicio específico explícitamente solicitado por el abonado o usuario, o con el único propósito de llevar a cabo la transmisión de una comunicación a través de una red de comunicaciones electrónicas.
Preferencias
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para la finalidad legítima de almacenar preferencias no solicitadas por el abonado o usuario.
Estadísticas
El almacenamiento o acceso técnico que es utilizado exclusivamente con fines estadísticos.El almacenamiento o acceso técnico que se utiliza exclusivamente con fines estadísticos anónimos. Sin un requerimiento, el cumplimiento voluntario por parte de tu proveedor de servicios de Internet, o los registros adicionales de un tercero, la información almacenada o recuperada sólo para este propósito no se puede utilizar para identificarte.
Marketing
El almacenamiento o acceso técnico es necesario para crear perfiles de usuario para enviar publicidad, o para rastrear al usuario en una web o en varias web con fines de marketing similares.
0 Comentarios