Más que charcos y solidaridad
La DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) de Valencia dejó a su paso abundantes lluvias, calles anegadas y un sinfín de historias de solidaridad. Si has sido uno de esos voluntarios o voluntarias que se lanzó al rescate de vecinos atrapados, ayudó a limpiar escombros o repartió comida en zonas afectadas, primero, ¡gracias por esa labor heroica! En momentos como estos, la unión hace la fuerza y, sin duda, tu aporte ha sido valiosísimo.
Pero, tras la adrenalina inicial de la emergencia, llega la calma relativa… y con ella, aparecen algunas secuelas físicas, mentales y emocionales que a veces dejamos pasar sin prestarles suficiente atención. Tal vez hayas notado dolores musculares que antes no tenías, dificultad para concentrarte o hasta sensaciones de cansancio extremo que no se van con una buena siesta. Estas señales pueden estar diciéndote algo importante: tu cuerpo y tu mente han sido sometidos a un nivel de exigencia distinto a lo habitual. Y es que, si bien la satisfacción de ayudar a los demás es enorme, no está exenta de consecuencias que debemos atender.
En este artículo, abordaremos con ejemplos las principales consecuencias emocinales que podrías experimentar como voluntario/a en la ayuda tras un desastre natural, en este caso, la DANA de Valencia. Además, te daremos algunos consejos para manejar estos efectos y cuidarte en el proceso. Porque sí, ayudar es maravilloso… pero no hay que olvidarse de uno mismo.
Hablemos de emociones: el elefante en la habitación
Aunque en situaciones de emergencia, son las grandes menospreciadas, no podemos ignorar las emociones, que son como el “elefante en la habitación”: están ahí, tienen un gran peso en cómo procesamos la experiencia, pero a menudo las pasamos por alto o restamos importancia. Veamos de qué forma pueden manifestarse:
La montaña rusa emocional: entre la euforia y el agotamiento
Cuando se produce una catástrofe como la DANA en Valencia, es común sentir una gran descarga de adrenalina. En el primer momento, durante la emergencia, puedes experimentar una euforia temporal: la motivación para ayudar, la sensación de urgencia y la conexión con otras personas que están unidas por la misma causa.
- Ejemplo: Imagina a Marta, de 25 años, que se siente “cargada de energía y optimismo” cuando ve cómo decenas de vecinos se ayudan mutuamente. Está tan metida en la labor de voluntariado que, a ratos, olvida hasta el cansancio físico.
Sin embargo, tras ese subidón inicial, suele llegar el bajón: el cuerpo y la mente “pasan factura” por tantos días (o semanas) de tensión acumulada. Entonces, puedes sentirte muy cansado, triste o vacío de un momento a otro, sin entender muy bien por qué. La alegría de la solidaridad deja paso a una sensación de vulnerabilidad.
- Consejo: Reconocer estos picos y valles emocionales ayuda a normalizarlos. Date permiso para sentirte cansado o decaído cuando la situación se estabiliza.
Culpa y la sensación de “no haber hecho suficiente”
Una de las emociones más frecuentes tras un desastre es la culpa. Suelen surgir pensamientos del tipo: “Debería haber ayudado más”, “¿Por qué me fui a casa mientras todavía había gente necesitada?” o “Tal vez si hubiera tomado otra decisión, se habrían evitado mayores daños”.
- Ejemplo: Rosa, de 50 años, se sentía orgullosa de haber ayudado, pero días después, la invadió una culpa constante, como si hubiera dejado un asunto pendiente y hubiera abandonado a la gente antes de terminar la tarea.
Este tipo de culpa se denomina a veces “culpa del superviviente” o culpa del “que se va cuando otros siguen sufriendo.” Reconocerla es importante para que no derive en una baja autoestima o en conductas de autoexigencia extrema (trabajar sin parar, no permitirte descansar).
- Consejo: Recuerda que tu ayuda fue un valiosísimo aporte, y es imposible hacerlo todo. Compartir esta sensación con otras personas que hayan vivido la experiencia puede ayudarte a darte cuenta de que no estás solo y que, entre todos, se hizo lo mejor que se pudo.
Ansiedad y activación constante
Cuando estamos en modo de emergencia, el cuerpo se prepara continuamente para la acción, liberando hormonas como la adrenalina y el cortisol. El problema surge cuando, tras el final de la catástrofe, el cerebro sigue percibiendo señales de peligro. Entonces, es posible que te quedes en un estado de hiperactivación o “alerta continua”:
Te cuesta relajarte y desconectar.
Duermes mal por la noche, con pesadillas o despertares frecuentes.
Ante cualquier ruido fuerte o noticia alarmante, sientes que el corazón se te acelera o los músculos se tensionan.
Ejemplo: Carla, de 35 años, relata que, aun habiendo pasado varias semanas desde la DANA, en cuanto escucha la lluvia caer de forma intensa, le invade el pánico y revive la angustia de ver cómo se inundaban casas y calles.
Si esta ansiedad se prolonga, puede incluso derivar en problemas de pánico o crisis de angustia.
- Consejo:
- Practica técnicas de relajación (respiraciones profundas, yoga, meditación) y ejercicios de “desconexión” al final del día.
- Evita la sobreexposición a noticias o información negativa constante sobre catástrofes.
- No dudes en buscar apoyo profesional si notas que la ansiedad interfiere gravemente con tu vida cotidiana.
Tristeza, apatía o depresión situacional
No siempre las reacciones emocionales se muestran como ansiedad o culpa; en algunos casos, puede aparecer tristeza profunda o una apatía que te impide disfrutar de las actividades de siempre. Esta tristeza puede surgir ante la magnitud de la pérdida: ver casas destruidas, personas que lo han perdido todo, animales en riesgo… Toda esa realidad puede generar un choque emocional que tarde en asimilarse.
- Ejemplo: Roberto, de 48 años, confesó que después de ayudar a familias enteras a evacuar sus viviendas, regresó a la suya sintiendo un enorme vacío. Se comparaba con quienes lo habían perdido todo y eso lo llevó a sentirse culpable por tener un hogar seguro, pero al mismo tiempo se sentía paralizado, sin ganas de hacer nada.
Cuando la tristeza y la apatía se prolongan durante semanas o meses, pudiendo afectar tu rutina (trabajo, relaciones, autocuidado), conviene estar alerta: podría evolucionar hacia una depresión situacional o un “trastorno de adaptación”, relacionado con el estrés vivido.
- Consejo:
- Expresa tu tristeza: hablar con familiares, amigos o un profesional de la salud mental.
- Identifica y acepta que lo vivido fue duro y que necesitarás tiempo para procesarlo.
- Mantén (en lo posible) un ritmo de vida ordenado: horarios de sueño, comidas regulares y pequeñas rutinas de ejercicio, por muy básicas que sean.
Rabia, frustración e irritabilidad
No todas las emociones negativas se traducen en tristeza o ansiedad; a veces, la respuesta es la ira o la frustración. Uno puede enfadarse con las instituciones que no respondieron a tiempo, con quienes no se prepararon adecuadamente para la catástrofe o incluso con uno mismo por “no haber hecho más”. Esta rabia, mal gestionada, puede derivar en:
Discusiones frecuentes con familiares y amigos.
Un tono agresivo al hablar o al exigir soluciones.
Autoagresión (culparte a ti mismo de manera constante, someterte a un sobreesfuerzo).
Ejemplo: Juan, de 37 años, se notaba irascible con cualquier persona que no comprendiese “la gravedad de lo que ha sucedido aquí.” Llegó a discutir con su pareja porque sentía que ella no valoraba sus esfuerzos. En realidad, estaba proyectando la tensión acumulada.
Consejo:
- La rabia puede ser una reacción natural ante la impotencia y el sufrimiento que se ha presenciado. Busca canales para liberarla de forma saludable, por ejemplo, a través del ejercicio físico, el arte o la escritura.
- Evita tomar decisiones impulsivas cuando notes que la ira va en aumento.
- Hablar con otras personas que compartan tu misma experiencia puede ayudar a relativizar y procesar mejor la frustración.
Heridas emocionales postraumáticas
Tras un evento catastrófico, algunas personas pueden presentar síntomas de Estrés Postraumático (TEPT), especialmente si han estado en situaciones de riesgo extremo o han visto escenas impactantes (casas destruidas, gente herida, rescates dramáticos, etc.). Los síntomas suelen incluir:
Reexperimentación de los hechos (flashbacks, pesadillas).
Evitación (intentar no hablar o pensar en lo ocurrido, no querer volver a lugares asociados al desastre).
Hipervigilancia (estar siempre en alerta, con insomnio, irritabilidad).
Embotamiento emocional (sensación de que nada te afecta o te interesa).
Ejemplo cercano: Un voluntario que cada vez que ve un noticiero sobre inundaciones o simplemente escucha la palabra “DANA”, siente palpitaciones o re-experimenta la angustia de rescatar a alguien atrapado.
El TEPT no significa “debilidad mental”, sino una respuesta de supervivencia que se prolonga en el tiempo. Si sospechas que puedes estar padeciendo estrés postraumático, buscar la ayuda de un psicólogo o psiquiatra es fundamental para evitar que la situación se cronifique.
Consejos generales para cuidar tus emociones
- Habla, habla y habla: Compartir lo que sientes con personas de confianza o con un profesional es un paso gigante para procesar lo vivido.
- Normaliza tus reacciones: Todo lo que estás sintiendo (culpa, rabia, tristeza, ansiedad) es parte del proceso de adaptación a una vivencia extrema.
- Haz pausas emocionales: Del mismo modo que descansamos físicamente, necesitas descansos mentales. Date el permiso de distraerte, de reírte con una película o dar un paseo tranquilo lejos del ruido.
- Contacto con la naturaleza: Aprovecha espacios verdes o la playa para “desconectar”. La naturaleza puede ser una aliada maravillosa para bajar los niveles de estrés.
- No temas pedir ayuda profesional: Un psicólogo o terapeuta puede darte herramientas para ordenar tus pensamientos y gestionar mejor las emociones. Es como ir al médico cuando te duele una rodilla; ir al psicólogo no es diferente.
Número de colegiado C.O.P. Madrid: M-21496.
Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.






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