Más que charcos y solidaridad

La DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) de Valencia dejó a su paso abundantes lluvias, calles anegadas y un sinfín de historias de solidaridad. Si has sido uno de esos voluntarios o voluntarias que se lanzó al rescate de vecinos atrapados, ayudó a limpiar escombros o repartió comida en zonas afectadas, primero, ¡gracias por esa labor heroica! En momentos como estos, la unión hace la fuerza y, sin duda, tu aporte ha sido valiosísimo.

Pero, tras la adrenalina inicial de la emergencia, llega la calma relativa… y con ella, aparecen algunas secuelas físicas, mentales y emocionales que a veces dejamos pasar sin prestarles suficiente atención. Tal vez hayas notado dolores musculares que antes no tenías, dificultad para concentrarte o hasta sensaciones de cansancio extremo que no se van con una buena siesta. Estas señales pueden estar diciéndote algo importante: tu cuerpo y tu mente han sido sometidos a un nivel de exigencia distinto a lo habitual. Y es que, si bien la satisfacción de ayudar a los demás es enorme, no está exenta de consecuencias que debemos atender.

En este artículo, abordaremos con ejemplos  las principales consecuencias emocinales  que podrías experimentar como voluntario/a en la ayuda tras un desastre natural, en este caso, la DANA de Valencia. Además, te daremos algunos consejos para manejar estos efectos y cuidarte en el proceso. Porque sí, ayudar es maravilloso… pero no hay que olvidarse de uno mismo.

Hablemos de emociones: el elefante en la habitación

Aunque en situaciones de emergencia, son las grandes menospreciadas,  no podemos ignorar las emociones, que son como el “elefante en la habitación”: están ahí, tienen un gran peso en cómo procesamos la experiencia, pero a menudo las pasamos por alto o restamos importancia. Veamos de qué forma pueden manifestarse:

 La montaña rusa emocional: entre la euforia y el agotamiento

Cuando se produce una catástrofe como la DANA en Valencia, es común sentir una gran descarga de adrenalina. En el primer momento, durante la emergencia, puedes experimentar una euforia temporal: la motivación para ayudar, la sensación de urgencia y la conexión con otras personas que están unidas por la misma causa.

  • Ejemplo: Imagina a Marta, de 25 años, que se siente “cargada de energía y optimismo” cuando ve cómo decenas de vecinos se ayudan mutuamente. Está tan metida en la labor de voluntariado que, a ratos, olvida hasta el cansancio físico.

Sin embargo, tras ese subidón inicial, suele llegar el bajón: el cuerpo y la mente “pasan factura” por tantos días (o semanas) de tensión acumulada. Entonces, puedes sentirte muy cansado, triste o vacío de un momento a otro, sin entender muy bien por qué. La alegría de la solidaridad deja paso a una sensación de vulnerabilidad.

  • Consejo: Reconocer estos picos y valles emocionales ayuda a normalizarlos. Date permiso para sentirte cansado o decaído cuando la situación se estabiliza.

 Culpa y la sensación de “no haber hecho suficiente”

Una de las emociones más frecuentes tras un desastre es la culpa. Suelen surgir pensamientos del tipo: “Debería haber ayudado más”, “¿Por qué me fui a casa mientras todavía había gente necesitada?” o “Tal vez si hubiera tomado otra decisión, se habrían evitado mayores daños”.

  • Ejemplo: Rosa, de 50 años, se sentía orgullosa de haber ayudado, pero días después, la invadió una culpa constante, como si hubiera dejado un asunto pendiente y hubiera abandonado a la gente antes de terminar la tarea.

Este tipo de culpa se denomina a veces “culpa del superviviente” o culpa del “que se va cuando otros siguen sufriendo.” Reconocerla es importante para que no derive en una baja autoestima o en conductas de autoexigencia extrema (trabajar sin parar, no permitirte descansar).

  • Consejo: Recuerda que tu ayuda fue un valiosísimo aporte, y es imposible hacerlo todo. Compartir esta sensación con otras personas que hayan vivido la experiencia puede ayudarte a darte cuenta de que no estás solo y que, entre todos, se hizo lo mejor que se pudo.

 Ansiedad y activación constante

Cuando estamos en modo de emergencia, el cuerpo se prepara continuamente para la acción, liberando hormonas como la adrenalina y el cortisol. El problema surge cuando, tras el final de la catástrofe, el cerebro sigue percibiendo señales de peligro. Entonces, es posible que te quedes en un estado de hiperactivación o “alerta continua”:

  • Te cuesta relajarte y desconectar.

  • Duermes mal por la noche, con pesadillas o despertares frecuentes.

  • Ante cualquier ruido fuerte o noticia alarmante, sientes que el corazón se te acelera o los músculos se tensionan.

  • Ejemplo: Carla, de 35 años, relata que, aun habiendo pasado varias semanas desde la DANA, en cuanto escucha la lluvia caer de forma intensa, le invade el pánico y revive la angustia de ver cómo se inundaban casas y calles.

Si esta ansiedad se prolonga, puede incluso derivar en problemas de pánico o crisis de angustia.

  • Consejo:
    • Practica técnicas de relajación (respiraciones profundas, yoga, meditación) y ejercicios de “desconexión” al final del día.
    • Evita la sobreexposición a noticias o información negativa constante sobre catástrofes.
    • No dudes en buscar apoyo profesional si notas que la ansiedad interfiere gravemente con tu vida cotidiana.

 Tristeza, apatía o depresión situacional

No siempre las reacciones emocionales se muestran como ansiedad o culpa; en algunos casos, puede aparecer tristeza profunda o una apatía que te impide disfrutar de las actividades de siempre. Esta tristeza puede surgir ante la magnitud de la pérdida: ver casas destruidas, personas que lo han perdido todo, animales en riesgo… Toda esa realidad puede generar un choque emocional que tarde en asimilarse.

  • Ejemplo: Roberto, de 48 años, confesó que después de ayudar a familias enteras a evacuar sus viviendas, regresó a la suya sintiendo un enorme vacío. Se comparaba con quienes lo habían perdido todo y eso lo llevó a sentirse culpable por tener un hogar seguro, pero al mismo tiempo se sentía paralizado, sin ganas de hacer nada.

Cuando la tristeza y la apatía se prolongan durante semanas o meses, pudiendo afectar tu rutina (trabajo, relaciones, autocuidado), conviene estar alerta: podría evolucionar hacia una depresión situacional o un “trastorno de adaptación”, relacionado con el estrés vivido.

  • Consejo:
    • Expresa tu tristeza: hablar con familiares, amigos o un profesional de la salud mental.
    • Identifica y acepta que lo vivido fue duro y que necesitarás tiempo para procesarlo.
    • Mantén (en lo posible) un ritmo de vida ordenado: horarios de sueño, comidas regulares y pequeñas rutinas de ejercicio, por muy básicas que sean.

Rabia, frustración e irritabilidad

No todas las emociones negativas se traducen en tristeza o ansiedad; a veces, la respuesta es la ira o la frustración. Uno puede enfadarse con las instituciones que no respondieron a tiempo, con quienes no se prepararon adecuadamente para la catástrofe o incluso con uno mismo por “no haber hecho más”. Esta rabia, mal gestionada, puede derivar en:

  • Discusiones frecuentes con familiares y amigos.

  • Un tono agresivo al hablar o al exigir soluciones.

  • Autoagresión (culparte a ti mismo de manera constante, someterte a un sobreesfuerzo).

  • Ejemplo: Juan, de 37 años, se notaba irascible con cualquier persona que no comprendiese “la gravedad de lo que ha sucedido aquí.” Llegó a discutir con su pareja porque sentía que ella no valoraba sus esfuerzos. En realidad, estaba proyectando la tensión acumulada.

  • Consejo:

    • La rabia puede ser una reacción natural ante la impotencia y el sufrimiento que se ha presenciado. Busca canales para liberarla de forma saludable, por ejemplo, a través del ejercicio físico, el arte o la escritura.
    • Evita tomar decisiones impulsivas cuando notes que la ira va en aumento.
    • Hablar con otras personas que compartan tu misma experiencia puede ayudar a relativizar y procesar mejor la frustración.

Heridas emocionales postraumáticas

Tras un evento catastrófico, algunas personas pueden presentar síntomas de Estrés Postraumático (TEPT), especialmente si han estado en situaciones de riesgo extremo o han visto escenas impactantes (casas destruidas, gente herida, rescates dramáticos, etc.). Los síntomas suelen incluir:

  • Reexperimentación de los hechos (flashbacks, pesadillas).

  • Evitación (intentar no hablar o pensar en lo ocurrido, no querer volver a lugares asociados al desastre).

  • Hipervigilancia (estar siempre en alerta, con insomnio, irritabilidad).

  • Embotamiento emocional (sensación de que nada te afecta o te interesa).

  • Ejemplo cercano: Un voluntario que cada vez que ve un noticiero sobre inundaciones o simplemente escucha la palabra “DANA”, siente palpitaciones o re-experimenta la angustia de rescatar a alguien atrapado.

El TEPT no significa “debilidad mental”, sino una respuesta de supervivencia que se prolonga en el tiempo. Si sospechas que puedes estar padeciendo estrés postraumático, buscar la ayuda de un psicólogo o psiquiatra es fundamental para evitar que la situación se cronifique.


Consejos generales para cuidar tus emociones

  1. Habla, habla y habla: Compartir lo que sientes con personas de confianza o con un profesional es un paso gigante para procesar lo vivido.
  2. Normaliza tus reacciones: Todo lo que estás sintiendo (culpa, rabia, tristeza, ansiedad) es parte del proceso de adaptación a una vivencia extrema.
  3. Haz pausas emocionales: Del mismo modo que descansamos físicamente, necesitas descansos mentales. Date el permiso de distraerte, de reírte con una película o dar un paseo tranquilo lejos del ruido.
  4. Contacto con la naturaleza: Aprovecha espacios verdes o la playa para “desconectar”. La naturaleza puede ser una aliada maravillosa para bajar los niveles de estrés.
  5. No temas pedir ayuda profesional: Un psicólogo o terapeuta puede darte herramientas para ordenar tus pensamientos y gestionar mejor las emociones. Es como ir al médico cuando te duele una rodilla; ir al psicólogo no es diferente.

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Psicólogo en Ethos psicólogos | info@ethospsicologos.es

Número de colegiado C.O.P. Madrid: M-21496.

Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.

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Historias de psicología

Leocadio y el peligroso arte de decir que sí

Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.

Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo, llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora. Su familia también sabe que normalmente está disponible.

Él se considera generoso.

También se considera agotado.

Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.

Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.

Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.

Lunes · Capítulo 1

Tranquilo, yo me encargo

El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.

A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.

—Leo, una cosa.

«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.

—Dime.

Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía a visitar a un cliente en dirección contraria.

—¿Te importaría acercarlos tú?

Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.

Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos. Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.

Lo tenía clarísimo.

—Tranquilo, yo me encargo.

Sergio me dio una palmada en el hombro.

—Me salvas.

Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró aproximadamente once segundos.

Después recordé lo de Marcos.

Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?

Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.

A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once, mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento». A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.

A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula de Excel que no era mía.

Y me enfadé.

No con alguien en concreto. Con la humanidad.

Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.

Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.

Yo llegué a casa a las siete y cuarto.

—No he parado —anuncié al entrar.

Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre, la gestoría, el tráfico y el banco.

Cuando terminé esperaba una frase solidaria.

Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.

—¿Y a cuántos les has dicho que no?

Me molestó bastante la pregunta.

Sobre todo porque sabía la respuesta.

¿Qué estamos observando?

Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera sido completamente impuesta desde fuera.

Martes · Capítulo 2

Cinco segundos

El martes decidí hacer un experimento.

No cambiar nada. Solo observar.

A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo de WhatsApp del colegio.

Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar el jueves las cajas de folios para la clase?

Yo estaba untando mantequilla en una tostada.

Pensé: «Yo puedo».

Después: «Pero el jueves entro antes».

Después: «Seguro que nadie responde».

Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».

Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».

Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.

Mis dedos ya estaban escribiendo:

Si hace falta las llevo yo.

No pulsé enviar.

—¿Qué haces? —preguntó Nuria.

—Nada.

Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».

—No puedes el jueves.

—Puedo organizarme.

—No he dicho eso. He dicho que no puedes.

—Bueno, poder puedo.

Nuria bebió café.

Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si fastidias suficientemente el resto del día.

A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.

Sentí alivio.

Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había resuelto solo en quince minutos.

Al mediodía llegó otra prueba.

Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el armario de la niña?

Yo quería salir con la bici.

Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había quedado y que podíamos hacerlo otro día.

La releí.

La borré.

Finalmente escribí:

Sí, claro. ¿A qué hora?

Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.

Lo que puede pasar desapercibido

Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.

Miércoles · Capítulo 3

La gente tiene mucha cara

El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico definitivo de mi situación.

La gente tenía mucha cara.

No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.

Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había ocupado mi sábado.

—La gente se acostumbra —dije.

—Puede ser.

—Como solucionas una cosa, luego otra...

—Sí.

—Al final se aprovechan.

—También puede ser.

—Exactamente.

Nuria guardó unos yogures en la nevera.

—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.

Ahí terminó nuestra etapa de concordia.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Le has dicho que sí.

Llamé a mi hermana.

—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?

—No.

Hubo un silencio.

—¿No?

—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el siguiente.

Me quedé mirando la pared.

—¿Tenías algo?

Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».

—Quería salir con la bici.

—Pues sal con la bici, criatura.

Eso fue todo.

Ningún reproche.

Ninguna ruptura familiar.

Nadie modificó el testamento.

Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían. Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.

¿Qué cambia aquí?

Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.

Jueves · Capítulo 4

Nadie me obliga

El jueves hice una lista.

La titulé:

COSAS QUE TENGO QUE HACER.

Había diecisiete.

Después añadí dos columnas:

¿Tengo realmente que hacerlo?

¿He dicho que sí?

La lista se volvió incómoda.

Llevar a mi madre al especialista: sí.

Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.

Recoger un paquete de Sergio: tampoco.

Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»: definitivamente no.

Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía, directamente, a otro departamento.

A las doce apareció Sergio.

—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?

Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.

—Depende.

Sergio se rio.

—Hostia. Septiembre te ha cambiado.

Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.

Mi respuesta habitual estaba preparada.

Pero esta vez dije:

Hoy no me viene bien.

No añadí nada.

Sergio esperó.

Yo también.

Aquello duró quizá un segundo y medio.

—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.

Y se fue.

Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.

Aquella tarde comprendí algo.

Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a sobrevivir a los treinta segundos posteriores.

Lo que puede pasar desapercibido

Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos hecho algo incorrecto.

Viernes · Capítulo 5

No puedo

El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.

Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos salvas.

Lo primero que pensé fue que podía.

Técnicamente.

Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido hacer arroz.

También quería dormir.

Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente explica por qué es tan fácil sacrificarlo.

Escribí:

Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.

Me pareció salvaje.

Estuve a punto de añadir una explicación.

No lo hice.

Pulsé enviar.

Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.

Finalmente llegó la respuesta.

Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.

Eso fue todo.

Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía de conversaciones ficticias.

Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.

Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.

Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos una vulneración de derechos fundamentales.

Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación de impedirlo.

Una distinción importante

Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal. A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta a la habitual.

Sábado · Capítulo 6

La catástrofe

El sábado salí con la bicicleta.

Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.

A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.

Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.

A las once llamó Nuria.

—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?

Podía hacerlo.

Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación logística.

—Hoy preferiría no hacerlo.

Silencio.

—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.

—¿Te molesta?

—Un poco.

Ahí estaba.

La catástrofe.

Mi mujer estaba un poco molesta.

Esperé a que ocurriera algo más.

—Pero puedes estar molesta conmigo.

Nuria se rio.

—Gracias por autorizarme.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un poco incómodo conmigo.

Y allí estaba yo.

Nuria estaba ligeramente molesta.

Yo seguía vivo.

Seguíamos casados.

La OTAN no había activado ningún protocolo.

Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.

Poner límites no elimina los conflictos

Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo no es conseguir que nadie se moleste nunca.

Domingo · Capítulo 7

Tranquila

Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.

Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.

—Leocadio.

Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.

Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.

—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.

Miré el calendario.

El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.

Podía ir.

Naturalmente que podía.

Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el coche y llegar al banco a las doce.

Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:

«Tranquila, yo me encargo».

Pero dije:

Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.

—Pero yo quería dejarlo hecho.

Noté la culpa.

Era exactamente la misma sensación de siempre.

La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.

—Ya. El miércoles voy contigo.

Mi madre suspiró.

—Bueno.

No sonó feliz.

Tampoco era imprescindible.

Antes de colgar dije:

—Tranquila.

Pero esta vez no añadí «yo me encargo».

A la una llegó toda la familia.

Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante varios minutos que aquello se llamaba «punto».

Comimos.

Nadie habló de límites.

Nadie necesitaba hacerlo.

El miércoles acompañaría a mi madre al banco.

El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.

Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.

Seguiría haciendo favores.

La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.

Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.

Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos para averiguar si realmente quería hacerlo.

¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?

Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones, relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.

Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.

El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de prisas, cansancio o resentimiento.

La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo mostramos.

Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente. Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas que preferiríamos no hacer.

La diferencia está en poder decidirlo.

Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.

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