La terapia psicológica tiene dos grandes causas por los cuales puede que no funcione. El psicólogo y el paciente. Anteriormente vimos las causas del psicólogo, en este veremos las causas por parte del paciente.

Salud física del paciente.

       La salud física del paciente es muy importante, ya que sin ella cualquier intervención psicológica estaría abocada al fracaso. ¡Que no cunda el pánico! Antes empezar una terapia psicológica no hay que ir al Gym. Bastará con no ir a la terapia borracho, con exceso psicofármacos, con cualquier droga ilegal dentro del organismo o con el síndrome de abstinencia de cualquier droga legal o ilegal. El motivo de porque la terapia psicológica no funcionaría yendo el paciente en esos estados, es porque no podría razonar de manera adecuada. Sin posibilidad de razonar adecuadamente no hay avances en la terapia.

Motivaciones secundarias Vs terapia psicológica

       La motivación secundaria son aquellas ganancias que el paciente obtiene por el mero hecho de estar mal psicológicamente. Una paciente que está sola teniendo una depresión puede ganar que los hijos vayan a verla mucho más a menudo que cuando no tiene depresión. Sufrir ataques de ansiedad incapacitantes puede hacer que el paciente no tenga que ir a trabajar a un trabajo que le disgusta. Un niño que se comporta mal obtendrá seguro la atención de sus padres, aunque sea para echarle la bronca. Un adicto mientras consume no tendrá que enfrentarse y resolver los problemas cotidianos que tanto le estresan.  Una mujer con bajo deseo sexual puede no hacer tan presente el recuerdo traumático de una violación pasada. Tener cualquier trastorno psicológico puede hacer que se vea al paciente con necesidad de recuperación, se le mantenga económicamente y no se le presione para buscar trabajo.

Motivación de cambio.

       Esta es la principal causa que hace que la terapia psicológica obligada no funcione. La terapia psicológica necesita tiempo y constancia. Si el paciente no cree  necesitar ayuda,  no cree que  le vaya a ayudar o no le ve los beneficios a la terapia psicológica, puede ir todas las semanas con el  mejor psicólogo del mundo, que desconectara y las horas que vaya no valdrán para nada. Esto es especialmente importante en el caso de los niños y los adictos. Con los niños se puede solucionar prometiendo un viaje al parque de atracciones, pero con los adictos  tendrá que ser generalmente en forma de ultimátum.

No hacer las tareas / pruebas que se mandan para casa.

       Una parte importante de la terapia es poner en práctica las conclusiones y lo aprendido en la sesión. Si no se pone en práctica lo aprendido el aprendizaje no se consolida y es más fácil que se den pasos atrás en el proceso. Si no se hacen las tareas puede ser que cuando el paciente se enfrente a la situación, se quede bloqueado sin saber que herramientas de las aprendidas puede usar, porque no las tiene automatizadas.

Ideas erróneas que tienen los pacientes sobre los psicólogos.

Los dos mitos más importantes y que más perjudican para el desarrollo de la terapia son los siguiente:

       1.- El psicólogo se aprovechara de alguna manera de todo lo que le cuente y quedara indefenso. El psicólogo profesional necesita todos los datos relevantes para un mejor diagnóstico, jamás se aprovechara de las vivencias de un paciente para beneficio propio. En el caso que lo hiciera, se debería denunciar en el colegio oficial de psicólogos (www.cop.es) y sobre todo al juzgado correspondiente.

      2.- El psicólogo se escandalizara de lo que le cuente el paciente, le juzgara, le vera peor persona y dejara de tratar de ayudarle. El psicólogo profesional no juzga al paciente, solo tratara de ayudarle, haya hecho, lo que haya hecho. Para ayudarle necesita toda la información posible y cuanto menos información tenga más duración tendrá el tratamiento y menos efectivo será.

       Para acabar solo recordar que la terapia psicológica funciona y funciona muy bien pero hay que tener en cuenta todos los factores  anteriores de este y del anterior post para que sea efectiva.

      Muchas gracias por  leerlo hasta el final, por vuestos comentarios, por compartirlo, por vuestros  «me gusta » y  «+1», y sobre todo por estar a ese lado haciendo que esto sea posible.

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Psicólogo en Ethos psicólogos | info@ethospsicologos.es

Número de colegiado C.O.P. Madrid: M-21496.

Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.

Saber más.

Historias de psicología

Leocadio y el peligroso arte de decir que sí

Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.

Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo, llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora. Su familia también sabe que normalmente está disponible.

Él se considera generoso.

También se considera agotado.

Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.

Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.

Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.

Lunes · Capítulo 1

Tranquilo, yo me encargo

El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.

A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.

—Leo, una cosa.

«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.

—Dime.

Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía a visitar a un cliente en dirección contraria.

—¿Te importaría acercarlos tú?

Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.

Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos. Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.

Lo tenía clarísimo.

—Tranquilo, yo me encargo.

Sergio me dio una palmada en el hombro.

—Me salvas.

Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró aproximadamente once segundos.

Después recordé lo de Marcos.

Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?

Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.

A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once, mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento». A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.

A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula de Excel que no era mía.

Y me enfadé.

No con alguien en concreto. Con la humanidad.

Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.

Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.

Yo llegué a casa a las siete y cuarto.

—No he parado —anuncié al entrar.

Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre, la gestoría, el tráfico y el banco.

Cuando terminé esperaba una frase solidaria.

Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.

—¿Y a cuántos les has dicho que no?

Me molestó bastante la pregunta.

Sobre todo porque sabía la respuesta.

¿Qué estamos observando?

Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera sido completamente impuesta desde fuera.

Martes · Capítulo 2

Cinco segundos

El martes decidí hacer un experimento.

No cambiar nada. Solo observar.

A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo de WhatsApp del colegio.

Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar el jueves las cajas de folios para la clase?

Yo estaba untando mantequilla en una tostada.

Pensé: «Yo puedo».

Después: «Pero el jueves entro antes».

Después: «Seguro que nadie responde».

Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».

Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».

Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.

Mis dedos ya estaban escribiendo:

Si hace falta las llevo yo.

No pulsé enviar.

—¿Qué haces? —preguntó Nuria.

—Nada.

Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».

—No puedes el jueves.

—Puedo organizarme.

—No he dicho eso. He dicho que no puedes.

—Bueno, poder puedo.

Nuria bebió café.

Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si fastidias suficientemente el resto del día.

A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.

Sentí alivio.

Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había resuelto solo en quince minutos.

Al mediodía llegó otra prueba.

Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el armario de la niña?

Yo quería salir con la bici.

Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había quedado y que podíamos hacerlo otro día.

La releí.

La borré.

Finalmente escribí:

Sí, claro. ¿A qué hora?

Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.

Lo que puede pasar desapercibido

Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.

Miércoles · Capítulo 3

La gente tiene mucha cara

El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico definitivo de mi situación.

La gente tenía mucha cara.

No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.

Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había ocupado mi sábado.

—La gente se acostumbra —dije.

—Puede ser.

—Como solucionas una cosa, luego otra...

—Sí.

—Al final se aprovechan.

—También puede ser.

—Exactamente.

Nuria guardó unos yogures en la nevera.

—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.

Ahí terminó nuestra etapa de concordia.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Le has dicho que sí.

Llamé a mi hermana.

—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?

—No.

Hubo un silencio.

—¿No?

—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el siguiente.

Me quedé mirando la pared.

—¿Tenías algo?

Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».

—Quería salir con la bici.

—Pues sal con la bici, criatura.

Eso fue todo.

Ningún reproche.

Ninguna ruptura familiar.

Nadie modificó el testamento.

Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían. Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.

¿Qué cambia aquí?

Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.

Jueves · Capítulo 4

Nadie me obliga

El jueves hice una lista.

La titulé:

COSAS QUE TENGO QUE HACER.

Había diecisiete.

Después añadí dos columnas:

¿Tengo realmente que hacerlo?

¿He dicho que sí?

La lista se volvió incómoda.

Llevar a mi madre al especialista: sí.

Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.

Recoger un paquete de Sergio: tampoco.

Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»: definitivamente no.

Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía, directamente, a otro departamento.

A las doce apareció Sergio.

—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?

Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.

—Depende.

Sergio se rio.

—Hostia. Septiembre te ha cambiado.

Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.

Mi respuesta habitual estaba preparada.

Pero esta vez dije:

Hoy no me viene bien.

No añadí nada.

Sergio esperó.

Yo también.

Aquello duró quizá un segundo y medio.

—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.

Y se fue.

Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.

Aquella tarde comprendí algo.

Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a sobrevivir a los treinta segundos posteriores.

Lo que puede pasar desapercibido

Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos hecho algo incorrecto.

Viernes · Capítulo 5

No puedo

El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.

Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos salvas.

Lo primero que pensé fue que podía.

Técnicamente.

Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido hacer arroz.

También quería dormir.

Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente explica por qué es tan fácil sacrificarlo.

Escribí:

Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.

Me pareció salvaje.

Estuve a punto de añadir una explicación.

No lo hice.

Pulsé enviar.

Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.

Finalmente llegó la respuesta.

Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.

Eso fue todo.

Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía de conversaciones ficticias.

Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.

Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.

Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos una vulneración de derechos fundamentales.

Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación de impedirlo.

Una distinción importante

Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal. A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta a la habitual.

Sábado · Capítulo 6

La catástrofe

El sábado salí con la bicicleta.

Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.

A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.

Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.

A las once llamó Nuria.

—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?

Podía hacerlo.

Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación logística.

—Hoy preferiría no hacerlo.

Silencio.

—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.

—¿Te molesta?

—Un poco.

Ahí estaba.

La catástrofe.

Mi mujer estaba un poco molesta.

Esperé a que ocurriera algo más.

—Pero puedes estar molesta conmigo.

Nuria se rio.

—Gracias por autorizarme.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un poco incómodo conmigo.

Y allí estaba yo.

Nuria estaba ligeramente molesta.

Yo seguía vivo.

Seguíamos casados.

La OTAN no había activado ningún protocolo.

Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.

Poner límites no elimina los conflictos

Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo no es conseguir que nadie se moleste nunca.

Domingo · Capítulo 7

Tranquila

Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.

Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.

—Leocadio.

Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.

Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.

—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.

Miré el calendario.

El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.

Podía ir.

Naturalmente que podía.

Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el coche y llegar al banco a las doce.

Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:

«Tranquila, yo me encargo».

Pero dije:

Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.

—Pero yo quería dejarlo hecho.

Noté la culpa.

Era exactamente la misma sensación de siempre.

La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.

—Ya. El miércoles voy contigo.

Mi madre suspiró.

—Bueno.

No sonó feliz.

Tampoco era imprescindible.

Antes de colgar dije:

—Tranquila.

Pero esta vez no añadí «yo me encargo».

A la una llegó toda la familia.

Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante varios minutos que aquello se llamaba «punto».

Comimos.

Nadie habló de límites.

Nadie necesitaba hacerlo.

El miércoles acompañaría a mi madre al banco.

El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.

Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.

Seguiría haciendo favores.

La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.

Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.

Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos para averiguar si realmente quería hacerlo.

¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?

Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones, relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.

Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.

El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de prisas, cansancio o resentimiento.

La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo mostramos.

Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente. Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas que preferiríamos no hacer.

La diferencia está en poder decidirlo.

Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.

2 Comentarios

  1. Entonces quiero estar mal para no tener que ir a trabajar y los psicólogos no juzgan. Que mala suerte he debido tener ya que todos los psicólogos con los que he estado me han juzgado y son frases como esta las que me hacen salir corriendo de la consulta. Vamos a terapia porque sentimos que no podemos y sobre todo porque no podemos solos, para recibir condescendencia y que se me minimice me quedo en mi casa. El día que entendáis eso las psicoterapia será para todos y no solo para los fuertes.

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    • Hola Alejandro, creo que has entendido el mal el ejemplo de ganancia secundaria. La ganancia secundaria es no quiero mejorar porque pierdo algo o gano algo que lo considero más valioso que el propio trastorno psicológico que padece. Lamento que te haya sentido juzgado hayas recibido condescencia y se hayan minimizado tus problemas por todos los psicólogos con los que has iniciado el tratamiento. Yo solo puedo hablar por nuestra parte y es que nosotros los juicios los dejamos para los jueces y tratamos los problemas con la importancia que el paciente le da. La terapia es para que todos nos volvamos más fuertes, independientemente de nuestra fortaleza inicial. Por supuesto aqui nos tienes para ayudarte si nos necesitas.

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