La personalidad es la el resultado de la unión de los siguientes elementos: La imagen que se tiene de uno mismo, del significado que se le da al mundo, de las acciones que realiza en el mundo, cómo se relaciona con los demás y cómo resuelve los problemas planteados por el entorno.
¿PUEDE UNO CAMBIAR DE PERSONALIDAD ?
La respuesta es generalmente no. Excepcionalmente existen personas que cambian su personalidad cuando sufren una de las siguientes cuatro circunstancias:
La primera, cuando la persona modifica sustancialmente la composición química de su organismo como por ejemplo con un consumo abusivo de droga.
La segunda si la persona sufre un accidente que le deja literalmente sin una parte de su cerebro, como es el caso de Phineas P. Gage, obrero de la construcción de ferrocarriles que pasó de ser una persona, tímida y temerosa de dios, a ser un juerguista, buscador de peleas y de emociones fuertes después que una barra de hierro le quitara parte del frontal de su cerebro.
La tercera sería cuando una persona sufre una experiencia muy traumática que le hace cuestionar el sentido o el significado del mundo de manera profunda.
Por último la cuarta y de circunstancias muy inusuales es cuando se tiene una experiencia de iluminación o mística como el caso de Pablo de Tarso, el Apóstol de los Gentiles.
¿QUE ES UN TRASTORNO DE PERSONALIDAD?
Una persona tiene un trastorno de personalidad cuando desde la adolescencia o la primera juventud tiene una forma persistente, inflexible y desadaptativa de percibir, relacionarse y de pensar sobre el mundo que le rodea. Además esto le está causando un deterioro funcional significativo o malestar subjetivo en él o en las personas que le rodean.
Ej: Segismundo piensa que es un ser especial dotado de una inteligencia mayor al resto de la media, lo que hace que rara vez se equivoque, y por eso se le debería tratar con el respeto y deferencia que merece, en todos los lugares a los que va, ya sean restaurantes, cines o simplemente por la calle. Esto lo piensa todos los días a todas horas y cualquier cosa que le digas que rebata su pensamiento es inaceptable y será mentira.
La característica principal de un trastorno de personalidad es un patrón de experiencia interna y de comportamiento, mantenido en el tiempo, que se aparta acusadamente de las experiencias de cultura del sujeto y que se manifiesta al menos una de las siguientes áreas: La forma en la que él piensa, la forma en la que él siente, forma en la que se relaciona con los demás o en el control de los impulsos. El patrón tiene que ser constante e inflexible y teñir muchas de las situaciones sociales y personales del individuo en su día a día. Es decir, tener un jefe que se cree Dios en el trabajo, pero a sus amigos los trata bien y en su familia deja que haya cosas que decida su mujer, no sería tener un jefe con trastorno de personalidad, sino simplemente un mal jefe. Para que tuviera un trastorno de personalidad tendría que creerse Dios desde la adolescencia y esperar que todo el mundo (familia, amigos y empleados) le adorara y cabrearse cuando alguien intentara llevarle la contraria con o sin razón.
Para que una persona tenga un trastorno de personalidad tampoco puede estar bajo los efectos de cualquier droga o estar bajo los efectos del “mono” de la misma. Si el vecino del quinto se toma de manera regular LSD, y piensa que los extraterrestres le pueden leer los pensamientos y por eso va con un gorro de papel de aluminio en la cabeza, posiblemente no sea un trastorno de personalidad sino simplemente los efectos del LSD.
Otro factor a tener en cuenta es la cultura en la que nace y se desarrolla el individuo. Si nace en una cultura donde lo normal es deformarse la cabeza desde pequeños porque así se sienten más atractivos, y por azares de la vida llega a la Europa actual tampoco tendría un trastorno de personalidad pues el deformarse la cabeza sería algo normal en su cultura aunque en la europea actual no lo sea.
¿CUANTOS TRASTORNOS DE PERSONALIDAD HAY?
Los trastornos de personalidad según el DSM V se dividen en tres grandes grupos: Grupo A, grupo B y grupo C (se puede observar que los psicólogos no nos caracterizamos por nuestra inventiva a la hora de poner nombres a las cosas).
Dentro del grupo A están los trastornos de la personalidad paranoide, esquizoide y esquizotípico.
Dentro del grupo B están los trastornos de la personalidad antisocial, limite, histriónico y narcisista.
Dentro del grupo C están los trastornos de la personalidad evitativo, dependiente y obsesivo compulsivo.
¿PUEDE UNA PRESONA TENER DOS O MAS TRASTORNOS DE PERSONALIDAD?
No. Una persona solo puede tener un trastorno de la personalidad con rasgos de otros del mismo grupo (cosa común) y, muy raramente rasgos de otro grupo. Lo que no puede tener una persona es un trastorno de personalidad del grupo A, otro del C y a veces otro del B. Es decir no se puede ser un esquizoide antisocial con rasgos dependientes, pero si se puede ser un narcisista con rasgos antisociales o un paranoide con rasgos esquizotipicos.
¿EXISTEN TRATAMIENTOS PARA LOS TRASTORNOS DE PERSONALIDAD?
Si, actualmente hay mucha investigación sobre trastornos de personalidad y en Ethos Psicologos llevamos a cabo tratamientos eficaces para mejorar su calidad de vida. Las características particulares de la forma de pensamiento inflexible, hacen que sean tratamientos de larga duración y en el caso de los antisociales de beneficios cuestionables.
Para acabar, un trastorno de la personalidad es posible que la persona no lo sufra directamente y sean los que están alrededor los que lo sufren. Ejemplos: trastorno antisocial suele saltarse la ley de manera habitual y usar a las personas exclusivamente para obtener beneficios personales sin importarles los sentimientos de los demás. El trastorno obsesivo compulsivo suele tener normas extremadamente rígidas de comportamiento tanto para ellos como para el resto, haciendo que si la persona con la que ha quedado llega un minuto tarde a la cita pueda enfurecerse de manera exagerada.
Muchas gracias por leerlo hasta el final, por vuestros comentarios, por compartirlo, por vuestros «me gusta » y «+1», y sobre todo por estar a ese lado haciendo que esto sea posible.
Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.
Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos
en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.
Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de
ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo,
llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora.
Su familia también sabe que normalmente está disponible.
Él se considera generoso.
También se considera agotado.
Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo
problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre
comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.
Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que
Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.
Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.
Lunes · Capítulo 1
Tranquilo, yo me encargo
El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había
acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.
A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la
contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.
—Leo, una cosa.
«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.
—Dime.
Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía
a visitar a un cliente en dirección contraria.
—¿Te importaría acercarlos tú?
Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.
Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos.
Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.
Lo tenía clarísimo.
—Tranquilo, yo me encargo.
Sergio me dio una palmada en el hombro.
—Me salvas.
Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró
aproximadamente once segundos.
Después recordé lo de Marcos.
Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?
Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.
A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once,
mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento».
A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.
A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una
transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula
de Excel que no era mía.
Y me enfadé.
No con alguien en concreto. Con la humanidad.
Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la
persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.
Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.
Yo llegué a casa a las siete y cuarto.
—No he parado —anuncié al entrar.
Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre,
la gestoría, el tráfico y el banco.
Cuando terminé esperaba una frase solidaria.
Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.
—¿Y a cuántos les has dicho que no?
Me molestó bastante la pregunta.
Sobre todo porque sabía la respuesta.
¿Qué estamos observando?
Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades
o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera
sido completamente impuesta desde fuera.
Martes · Capítulo 2
Cinco segundos
El martes decidí hacer un experimento.
No cambiar nada. Solo observar.
A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo
de WhatsApp del colegio.
Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar
el jueves las cajas de folios para la clase?
Yo estaba untando mantequilla en una tostada.
Pensé: «Yo puedo».
Después: «Pero el jueves entro antes».
Después: «Seguro que nadie responde».
Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».
Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».
Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.
Mis dedos ya estaban escribiendo:
Si hace falta las llevo yo.
No pulsé enviar.
—¿Qué haces? —preguntó Nuria.
—Nada.
Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente
mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».
—No puedes el jueves.
—Puedo organizarme.
—No he dicho eso. He dicho que no puedes.
—Bueno, poder puedo.
Nuria bebió café.
Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si
fastidias suficientemente el resto del día.
A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.
Sentí alivio.
Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de
reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había
resuelto solo en quince minutos.
Al mediodía llegó otra prueba.
Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el
armario de la niña?
Yo quería salir con la bici.
Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había
quedado y que podíamos hacerlo otro día.
La releí.
La borré.
Finalmente escribí:
Sí, claro. ¿A qué hora?
Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.
Lo que puede pasar desapercibido
Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la
desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina
rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.
Miércoles · Capítulo 3
La gente tiene mucha cara
El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico
definitivo de mi situación.
La gente tenía mucha cara.
No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.
Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa
seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había
ocupado mi sábado.
—La gente se acostumbra —dije.
—Puede ser.
—Como solucionas una cosa, luego otra...
—Sí.
—Al final se aprovechan.
—También puede ser.
—Exactamente.
Nuria guardó unos yogures en la nevera.
—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.
Ahí terminó nuestra etapa de concordia.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Le has dicho que sí.
Llamé a mi hermana.
—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?
—No.
Hubo un silencio.
—¿No?
—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el
siguiente.
Me quedé mirando la pared.
—¿Tenías algo?
Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».
—Quería salir con la bici.
—Pues sal con la bici, criatura.
Eso fue todo.
Ningún reproche.
Ninguna ruptura familiar.
Nadie modificó el testamento.
Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían.
Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.
¿Qué cambia aquí?
Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros
límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.
Jueves · Capítulo 4
Nadie me obliga
El jueves hice una lista.
La titulé:
COSAS QUE TENGO QUE HACER.
Había diecisiete.
Después añadí dos columnas:
¿Tengo realmente que hacerlo?
¿He dicho que sí?
La lista se volvió incómoda.
Llevar a mi madre al especialista: sí.
Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.
Recoger un paquete de Sergio: tampoco.
Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»:
definitivamente no.
Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía,
directamente, a otro departamento.
A las doce apareció Sergio.
—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?
Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.
—Depende.
Sergio se rio.
—Hostia. Septiembre te ha cambiado.
Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.
Mi respuesta habitual estaba preparada.
Pero esta vez dije:
Hoy no me viene bien.
No añadí nada.
Sergio esperó.
Yo también.
Aquello duró quizá un segundo y medio.
—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.
Y se fue.
Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.
Aquella tarde comprendí algo.
Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a
sobrevivir a los treinta segundos posteriores.
Lo que puede pasar desapercibido
Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de
justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos
hecho algo incorrecto.
Viernes · Capítulo 5
No puedo
El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.
Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos
salvas.
Lo primero que pensé fue que podía.
Técnicamente.
Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido
hacer arroz.
También quería dormir.
Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente
explica por qué es tan fácil sacrificarlo.
Escribí:
Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.
Me pareció salvaje.
Estuve a punto de añadir una explicación.
No lo hice.
Pulsé enviar.
Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.
Finalmente llegó la respuesta.
Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.
Eso fue todo.
Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía
de conversaciones ficticias.
Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.
Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.
Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos
una vulneración de derechos fundamentales.
Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación
de impedirlo.
Una distinción importante
Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal.
A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta
a la habitual.
Sábado · Capítulo 6
La catástrofe
El sábado salí con la bicicleta.
Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que
comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.
A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más
que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.
Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.
A las once llamó Nuria.
—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?
Podía hacerlo.
Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación
logística.
—Hoy preferiría no hacerlo.
Silencio.
—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.
—¿Te molesta?
—Un poco.
Ahí estaba.
La catástrofe.
Mi mujer estaba un poco molesta.
Esperé a que ocurriera algo más.
—Pero puedes estar molesta conmigo.
Nuria se rio.
—Gracias por autorizarme.
Me quedé mirando el teléfono.
Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente
aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un
poco incómodo conmigo.
Y allí estaba yo.
Nuria estaba ligeramente molesta.
Yo seguía vivo.
Seguíamos casados.
La OTAN no había activado ningún protocolo.
Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.
Poner límites no elimina los conflictos
Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones
también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo
no es conseguir que nadie se moleste nunca.
Domingo · Capítulo 7
Tranquila
Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.
Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.
—Leocadio.
Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.
Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.
—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.
Miré el calendario.
El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.
Podía ir.
Naturalmente que podía.
Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el
coche y llegar al banco a las doce.
Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:
«Tranquila, yo me encargo».
Pero dije:
Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.
—Pero yo quería dejarlo hecho.
Noté la culpa.
Era exactamente la misma sensación de siempre.
La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.
—Ya. El miércoles voy contigo.
Mi madre suspiró.
—Bueno.
No sonó feliz.
Tampoco era imprescindible.
Antes de colgar dije:
—Tranquila.
Pero esta vez no añadí «yo me encargo».
A la una llegó toda la familia.
Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo
vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca
del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante
varios minutos que aquello se llamaba «punto».
Comimos.
Nadie habló de límites.
Nadie necesitaba hacerlo.
El miércoles acompañaría a mi madre al banco.
El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.
Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.
Seguiría haciendo favores.
La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.
Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.
Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos
para averiguar si realmente quería hacerlo.
¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?
Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones,
relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas
dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.
Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo
podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.
El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos
a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de
prisas, cansancio o resentimiento.
La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos
rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo
mostramos.
Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente.
Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas
que preferiríamos no hacer.
La diferencia está en poder decidirlo.
Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse
decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.
2 Comentarios
psicologo en alcala de henares
on 15/07/2020 at 10:09
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