El pensamiento positivo por sí solo no funciona. Para que algo vaya bien además de pensar en positivo hay que acompañarlo de las acciones correctas y aun así podrá salir mal.

¿Que es el pensamiento positivo?

       Desde hace unos años en España están entrando unas “nuevas” corrientes de pensamiento que se agrupan en lo que se llama la New Age (nueva edad en castellano).  La New Age tiene unas ideas o pilares de pensamiento bastante atractivos y es precisamente por ello que  al ser tan atractivos rara vez se ponen en duda. Hoy quiero centrarme en uno que tomo mucha fuerza con el libro “El secreto” y es el pensamiento positivo.  El pensamiento positivo se resume en que si alejas de tu mente los pensamientos negativos y solo tienes positivos, «el universo»  mejorara  tu vida de forma muy notable.

       Según estas terapias y/o corrientes espirituales, lo único que hay que hacer, para estar bien, es pensar en positivo porque pensando en positivo, se cumplirá aquello que pensemos. Como idea tiene un innegable atractivo.

        Si quiero ser rico solo tengo que pensar en serlo y la tía rica de EEUU se morirá y me dejara toda su herencia. Si algo malo me pasa, solo tengo que pensar en positivo y eso malo se ira. Si tienes un cáncer y eres optimista saldrás adelante, si eres negativo morirás. O si quieres tener sitio para aparcar, solo tienes que imaginar el sitio donde quieres aparcar 30 min antes de llegar y allí tendrás el sitio esperándote.

La ciencia y la psicología científica  ¿Que dice sobre esto?

Para desilusión de muchos, el argumento no funciona. Únicamente pensar en positivo, no funciona mejor que pensar de manera neutra o negativa.  Nadie se ha hecho rico sentado en su casa. Todos los que se han hecho ricos, ha sido porque  han trabajado en un idea que les generó dinero.

       Pensemos en otro ejemplo más clarificador. Una mujer maltratada jamás saldrá de la situación de maltrato pensando: “No pasa nada, sé que esto acabara, mi marido me va a dejar de pegar de un día para otro. Solo tengo que pensarlo con mucha fuerza”. Obviamente si la mujer piensa eso, y no hace nada,  el marido la seguirá maltratando como “de costumbre”. Si en lugar de hacer eso, la misma mujer, reúne el valor para llamar al 016, les hace caso y consigue la fuerza  necesaria para salir de su casa e ir a la comisaria a poner una denuncia conseguirá que su marido o pareja deje de maltratarla.

       Si una persona tiene un cáncer, y el piensa  que no pasa nada, que ya se curará solo,  que  visualizando como el tumor se hace mas pequeño hará que desaparezca, es la manera más rápida de ir al cementerio y quedarse allí. Si por el contrario, piensa en positivo (con los mismos pensamientos que la persona anterior) y va a la quimioterapia y sigue las indicaciones de los médicos, por lo menos tendrá una oportunidad de ir al cementerio y salir por su propio pie al cabo de 10 minutos.

       Para el último ejemplo, pensar que vas a encontrar aparcamiento si 30 minutos antes lo imaginas.  Propongo al lector un pequeño ejercicio. Visualice un sitio para aparcar el coche en la plaza cervantes  30 minutos antes de llegar. Ahora coja el coche y vaya a la plaza cervantes.  ¿Consiguió aparcar el coche en el sitio visualizado?. ¿Qué pasaría si 10 personas hicieran lo mismo a la vez? El Universo tendría que mover 10 coches aparcados en la plaza para que las 10 personas pudieran aparcar. ¿Y si fueran 20? ¿Y si 1000 personas hicieran lo mismo a la misma hora?

El pensamiento positivo no funciona

       Evidentemente por si solo el pensamiento positivo no funciona. Se necesita de una acción para que ocurran las cosas buenas. Como bien dice el refranero popular “A Dios rogando y con el mazo dando”

       Muchas gracias por  leerlo hasta el final, por vuestos comentarios, por compartirlo, por vuestros  «me gusta » y  «+1», y sobre todo por estar a ese lado haciendo que esto sea posible. Gracias por leer nuestro blog de psicología.

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Psicólogo en Ethos psicólogos | info@ethospsicologos.es

Número de colegiado C.O.P. Madrid: M-21496.

Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.

Saber más.

Historias de psicología

Leocadio y el peligroso arte de decir que sí

Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.

Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo, llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora. Su familia también sabe que normalmente está disponible.

Él se considera generoso.

También se considera agotado.

Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.

Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.

Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.

Lunes · Capítulo 1

Tranquilo, yo me encargo

El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.

A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.

—Leo, una cosa.

«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.

—Dime.

Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía a visitar a un cliente en dirección contraria.

—¿Te importaría acercarlos tú?

Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.

Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos. Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.

Lo tenía clarísimo.

—Tranquilo, yo me encargo.

Sergio me dio una palmada en el hombro.

—Me salvas.

Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró aproximadamente once segundos.

Después recordé lo de Marcos.

Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?

Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.

A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once, mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento». A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.

A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula de Excel que no era mía.

Y me enfadé.

No con alguien en concreto. Con la humanidad.

Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.

Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.

Yo llegué a casa a las siete y cuarto.

—No he parado —anuncié al entrar.

Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre, la gestoría, el tráfico y el banco.

Cuando terminé esperaba una frase solidaria.

Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.

—¿Y a cuántos les has dicho que no?

Me molestó bastante la pregunta.

Sobre todo porque sabía la respuesta.

¿Qué estamos observando?

Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera sido completamente impuesta desde fuera.

Martes · Capítulo 2

Cinco segundos

El martes decidí hacer un experimento.

No cambiar nada. Solo observar.

A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo de WhatsApp del colegio.

Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar el jueves las cajas de folios para la clase?

Yo estaba untando mantequilla en una tostada.

Pensé: «Yo puedo».

Después: «Pero el jueves entro antes».

Después: «Seguro que nadie responde».

Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».

Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».

Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.

Mis dedos ya estaban escribiendo:

Si hace falta las llevo yo.

No pulsé enviar.

—¿Qué haces? —preguntó Nuria.

—Nada.

Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».

—No puedes el jueves.

—Puedo organizarme.

—No he dicho eso. He dicho que no puedes.

—Bueno, poder puedo.

Nuria bebió café.

Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si fastidias suficientemente el resto del día.

A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.

Sentí alivio.

Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había resuelto solo en quince minutos.

Al mediodía llegó otra prueba.

Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el armario de la niña?

Yo quería salir con la bici.

Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había quedado y que podíamos hacerlo otro día.

La releí.

La borré.

Finalmente escribí:

Sí, claro. ¿A qué hora?

Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.

Lo que puede pasar desapercibido

Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.

Miércoles · Capítulo 3

La gente tiene mucha cara

El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico definitivo de mi situación.

La gente tenía mucha cara.

No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.

Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había ocupado mi sábado.

—La gente se acostumbra —dije.

—Puede ser.

—Como solucionas una cosa, luego otra...

—Sí.

—Al final se aprovechan.

—También puede ser.

—Exactamente.

Nuria guardó unos yogures en la nevera.

—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.

Ahí terminó nuestra etapa de concordia.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Le has dicho que sí.

Llamé a mi hermana.

—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?

—No.

Hubo un silencio.

—¿No?

—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el siguiente.

Me quedé mirando la pared.

—¿Tenías algo?

Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».

—Quería salir con la bici.

—Pues sal con la bici, criatura.

Eso fue todo.

Ningún reproche.

Ninguna ruptura familiar.

Nadie modificó el testamento.

Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían. Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.

¿Qué cambia aquí?

Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.

Jueves · Capítulo 4

Nadie me obliga

El jueves hice una lista.

La titulé:

COSAS QUE TENGO QUE HACER.

Había diecisiete.

Después añadí dos columnas:

¿Tengo realmente que hacerlo?

¿He dicho que sí?

La lista se volvió incómoda.

Llevar a mi madre al especialista: sí.

Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.

Recoger un paquete de Sergio: tampoco.

Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»: definitivamente no.

Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía, directamente, a otro departamento.

A las doce apareció Sergio.

—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?

Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.

—Depende.

Sergio se rio.

—Hostia. Septiembre te ha cambiado.

Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.

Mi respuesta habitual estaba preparada.

Pero esta vez dije:

Hoy no me viene bien.

No añadí nada.

Sergio esperó.

Yo también.

Aquello duró quizá un segundo y medio.

—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.

Y se fue.

Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.

Aquella tarde comprendí algo.

Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a sobrevivir a los treinta segundos posteriores.

Lo que puede pasar desapercibido

Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos hecho algo incorrecto.

Viernes · Capítulo 5

No puedo

El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.

Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos salvas.

Lo primero que pensé fue que podía.

Técnicamente.

Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido hacer arroz.

También quería dormir.

Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente explica por qué es tan fácil sacrificarlo.

Escribí:

Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.

Me pareció salvaje.

Estuve a punto de añadir una explicación.

No lo hice.

Pulsé enviar.

Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.

Finalmente llegó la respuesta.

Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.

Eso fue todo.

Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía de conversaciones ficticias.

Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.

Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.

Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos una vulneración de derechos fundamentales.

Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación de impedirlo.

Una distinción importante

Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal. A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta a la habitual.

Sábado · Capítulo 6

La catástrofe

El sábado salí con la bicicleta.

Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.

A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.

Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.

A las once llamó Nuria.

—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?

Podía hacerlo.

Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación logística.

—Hoy preferiría no hacerlo.

Silencio.

—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.

—¿Te molesta?

—Un poco.

Ahí estaba.

La catástrofe.

Mi mujer estaba un poco molesta.

Esperé a que ocurriera algo más.

—Pero puedes estar molesta conmigo.

Nuria se rio.

—Gracias por autorizarme.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un poco incómodo conmigo.

Y allí estaba yo.

Nuria estaba ligeramente molesta.

Yo seguía vivo.

Seguíamos casados.

La OTAN no había activado ningún protocolo.

Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.

Poner límites no elimina los conflictos

Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo no es conseguir que nadie se moleste nunca.

Domingo · Capítulo 7

Tranquila

Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.

Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.

—Leocadio.

Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.

Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.

—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.

Miré el calendario.

El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.

Podía ir.

Naturalmente que podía.

Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el coche y llegar al banco a las doce.

Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:

«Tranquila, yo me encargo».

Pero dije:

Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.

—Pero yo quería dejarlo hecho.

Noté la culpa.

Era exactamente la misma sensación de siempre.

La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.

—Ya. El miércoles voy contigo.

Mi madre suspiró.

—Bueno.

No sonó feliz.

Tampoco era imprescindible.

Antes de colgar dije:

—Tranquila.

Pero esta vez no añadí «yo me encargo».

A la una llegó toda la familia.

Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante varios minutos que aquello se llamaba «punto».

Comimos.

Nadie habló de límites.

Nadie necesitaba hacerlo.

El miércoles acompañaría a mi madre al banco.

El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.

Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.

Seguiría haciendo favores.

La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.

Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.

Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos para averiguar si realmente quería hacerlo.

¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?

Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones, relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.

Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.

El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de prisas, cansancio o resentimiento.

La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo mostramos.

Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente. Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas que preferiríamos no hacer.

La diferencia está en poder decidirlo.

Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.

2 Comentarios

  1. Gracias por este artículo. Sería interesante profundizar paulatinamente en este tema ya que tiene que ver con diversas áreas, culturales, educativas, política, social, religión.
    Cómo nos "creemos" las cosas. Al fin estamos hablando del bien y el mal, de la moral.
    Me concentraré en esto haber si avanzamos en el tema, jajaja.
    Mi comentario desde Chile en pleno Show pandémico de abril 2020.

    Reply
    • Hola Isaac,
      Gracias por el comentario. Tienes razón en que hay muchas cosas que nos ayudan por nuestro sistema de creencias, que nos impulsa a ir un poco más. Esta el dicho de “Como no sabían que era imposible, lo consiguieron” ¿Sobre qué te gustaría que profundizara más?
      Un saludo desde el estado de alarma de la España pandémica de abril del 2020.

      Reply

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