Ver que tu hijo está a punto de cometer un error y no hacer nada para impedirlo puede resultar mucho más difícil de lo que parece.
Quizá sabes que no debería dejar un trabajo para el último momento. Ves que una amistad probablemente acabará haciéndole daño. Crees que está organizando mal su tiempo o tomando una decisión que tú ya aprendiste, probablemente a base de equivocarte, que no suele acabar bien.
Y entonces aparece una pregunta muy razonable:
¿Lo dejo equivocarse o intervengo?
No existe una respuesta que sirva para todas las edades ni para todas las situaciones. El objetivo tampoco consiste en dejar a los hijos solos para que “aprendan a golpes”.
La cuestión está en encontrar un equilibrio entre protegerles cuando realmente lo necesitan y permitirles adquirir progresivamente la capacidad de dirigir su propia vida.
¿Por qué nos cuesta tanto dejar que nuestros hijos se equivoquen?
La respuesta más sencilla es que nos importan.
Cuando anticipamos que una decisión puede acabar en frustración, tristeza, problemas o dificultades, resulta natural intentar evitar ese sufrimiento.
Además, los adultos tenemos información que nuestros hijos todavía no poseen. Hemos vivido situaciones parecidas, conocemos determinados riesgos y podemos anticipar algunas consecuencias con más facilidad.
El problema aparece cuando pasamos de orientar a resolver sistemáticamente.
Prepararle siempre lo que ha olvidado, solucionar cada discusión con un compañero, decidir qué debe elegir, hablar por él cuando aparece un problema o evitar constantemente cualquier consecuencia desagradable puede funcionar a corto plazo.
Pero existe una dificultad: tomar decisiones también es una habilidad. Y las habilidades necesitan práctica.
Proteger a nuestros hijos no significa necesariamente evitarles todas las experiencias desagradables.
Ayudar no es lo mismo que resolver
Cuando un hijo tiene un problema podemos reaccionar de formas muy diferentes. Tres de ellas permiten ver con claridad dónde está el equilibrio.
La tercera opción suele exigir más paciencia.
Cuando acompañamos podemos aportar nuestra experiencia sin apropiarnos de la decisión. Podemos hacer preguntas, señalar consecuencias que el niño o adolescente todavía no está viendo y ayudarle a ordenar sus ideas.
Después, dependiendo de su edad, de su capacidad y del nivel de riesgo, podrá disponer de mayor o menor autonomía para decidir.
¿Qué puede aprender un hijo cuando le permitimos equivocarse?
Un error por sí solo no enseña automáticamente nada.
Lo verdaderamente útil ocurre cuando existe la oportunidad de comprender qué ha sucedido.
Después de una mala decisión podemos ayudarle a hacerse preguntas como:
- ¿Qué pensabas que iba a ocurrir?
- ¿Qué ocurrió finalmente?
- ¿Qué parte de tu decisión fue adecuada?
- ¿Qué cambiarías si volviera a suceder?
- ¿Necesitas hacer algo ahora para solucionar el problema?
Así, una mala decisión puede convertirse en una oportunidad para analizar, rectificar y desarrollar recursos propios en lugar de quedar reducida simplemente a la idea de fracaso.
El objetivo no es provocar errores deliberadamente para que el hijo aprenda, sino no eliminar automáticamente todas las dificultades que está en condiciones de afrontar.
Autonomía no significa ausencia de límites
A veces se confunde fomentar la autonomía con permitir que el niño haga cualquier cosa. No es eso.
Un niño de siete años, un adolescente de quince y una persona de veinte necesitan grados diferentes de supervisión. Además, no todas las decisiones tienen las mismas consecuencias.
Podemos pensar en la autonomía como algo que se va ampliando progresivamente.
- En algunas cuestiones tendremos que decidir nosotros porque la edad o el riesgo lo requieren.
- En otras podremos ofrecer varias alternativas adecuadas entre las que el hijo pueda elegir.
- En otras podremos aconsejar, pero dejar que la decisión final sea suya.
- Con el tiempo existirán decisiones que serán completamente suyas, aunque nosotros hubiéramos elegido de otra manera.
Educar para la autonomía no significa retirar nuestra presencia, sino ir transfiriendo responsabilidad de manera progresiva.
Perseverar tampoco significa insistir siempre
Otra idea importante es enseñar que volver a intentarlo no significa necesariamente repetir exactamente lo mismo.
A veces será necesario perseverar. Otras veces tendremos que cambiar la estrategia, practicar más, pedir ayuda o prepararnos de otra manera.
Y en determinadas situaciones, abandonar un objetivo y escoger otro puede ser una decisión razonable.
La tolerancia a la frustración no consiste en soportarlo todo indefinidamente, sino también en poder analizar lo ocurrido y decidir qué hacer después.
Nuestros propios errores también educan
Los padres no necesitan parecer infalibles.
De hecho, mostrar adecuadamente algunos errores cotidianos puede convertirse en una buena oportunidad educativa.
“Pensaba que esto funcionaría y me he equivocado”.
“Me he enfadado demasiado y debería habértelo dicho de otra manera”.
“He cambiado de opinión porque ahora tengo información que antes no conocía”.
“Esto no sé hacerlo. Voy a preguntar”.
Con comportamientos así enseñamos algo difícil de transmitir únicamente con un discurso: equivocarse no impide seguir siendo competente.
Reconocer un error tampoco implica necesariamente perder autoridad. Puede ser una forma adulta de mostrar responsabilidad.
El problema del “ya te lo dije”
Imagina que finalmente decides no intervenir.
Tu hijo se equivoca.
Y ocurre exactamente lo que tú habías previsto.
El impulso de decir “ya te lo dije” puede ser fuerte, pero ganar esa discusión aporta bastante poco.
El objetivo no es demostrar que el adulto tenía razón. El objetivo es ayudar al hijo a desarrollar criterio.
Puede resultar más útil preguntarle qué piensa ahora, qué ha descubierto y qué quiere hacer a partir de ese momento.
Eso no significa eliminar la responsabilidad. Si existen consecuencias razonables, también puede ser necesario asumirlas.
Responsabilizarse de un error y sentirse humillado por haberlo cometido son cosas muy diferentes.
Aprender a tolerar la frustración
Equivocarse implica descubrir algo poco agradable: no todo sale como queremos.
Una parte importante del desarrollo consiste precisamente en aprender a tolerar esa experiencia.
El objetivo no es conseguir que al niño o adolescente no le afecte perder, suspender, ser rechazado o no alcanzar algo que quería. Probablemente le afectará.
Podemos ayudarle a comprender que una emoción desagradable es soportable y que un resultado concreto no determina quién es.
Separar la conducta, el resultado y la identidad ayuda a construir una autoestima menos dependiente de acertar permanentemente.
¿Cuándo debemos intervenir?
Hay un criterio especialmente importante: el riesgo.
No tiene sentido permitir determinadas consecuencias únicamente para que alguien “aprenda por experiencia”.
Debemos intervenir cuando la capacidad para decidir del menor no sea suficiente para el tipo de riesgo que afronta o cuando puedan existir consecuencias graves para su seguridad o bienestar.
También tendremos que ajustar nuestra intervención cuando exista un problema psicológico, dificultades importantes de desarrollo, consumo de sustancias, conductas peligrosas u otras circunstancias que puedan dificultar que el niño o adolescente valore adecuadamente la situación.
Por el contrario, cuando el resultado posible es una frustración tolerable, una mala nota, descubrir que algo era más difícil de lo esperado o tener que corregir una decisión, puede existir más espacio para permitir que experimente por sí mismo.
La pregunta no es solo “¿va a equivocarse?”, sino “¿qué riesgo real existe y qué puede aprender gestionando esta situación?”
Cómo ayudar a un hijo a tomar una decisión
Cuando no existe un riesgo importante podemos utilizar una secuencia sencilla para ayudarle a pensar sin decidir automáticamente por él.
-
Pregúntale qué quiere conseguir.
Antes de valorar alternativas necesitamos saber cuál es realmente su objetivo. -
Explorad las opciones.
Pregúntale qué alternativas cree que tiene antes de ofrecer inmediatamente las tuyas. -
Analizad las consecuencias.
¿Qué puede ocurrir con cada opción? ¿Qué ventajas y dificultades tiene? -
Añade información si es necesario.
Como adulto puedes señalar riesgos o consecuencias que todavía no está contemplando. -
Devuélvele la decisión cuando sea posible.
“Con todo esto que hemos hablado, ¿qué crees que vas a hacer?”
Y después llega una de las partes más difíciles: aceptar que quizá no elija lo mismo que elegiríamos nosotros.
¿Y si mi hijo siempre necesita que yo decida?
En algunas familias ocurre justo lo contrario.
El hijo consulta absolutamente todo:
“¿Qué hago?”
“¿Cuál elijo?”
“¿Qué digo?”
“¿Crees que debería hacerlo?”
Responder constantemente puede mantener ese mismo patrón de dependencia.
En esas situaciones podemos empezar a devolver algunas preguntas:
- ¿Tú qué elegirías si yo no estuviera aquí?
- ¿Qué opción te parece mejor?
- ¿Qué es lo que te preocupa de decidirlo?
- ¿Qué información necesitarías para poder elegir?
No se trata de negarnos a ayudar. Se trata de cambiar el tipo de ayuda que ofrecemos.
¿Cuándo puede ser útil consultar con un psicólogo?
No todas las dudas sobre crianza necesitan terapia psicológica.
Sin embargo, puede ser útil valorar la situación cuando la dificultad para dar autonomía está generando conflictos familiares frecuentes, cuando los padres sienten que necesitan controlar prácticamente todos los aspectos de la vida de su hijo o cuando el niño o adolescente muestra una dependencia excesiva para tomar decisiones.
También conviene prestar atención cuando aparecen ansiedad importante, problemas de autoestima, aislamiento, dificultades académicas relevantes, problemas de conducta u otros síntomas emocionales que estén interfiriendo en su vida cotidiana.
En estos casos no se trata simplemente de decir a los padres que “protejan menos”. Lo importante es entender qué está manteniendo el problema en esa familia concreta.
¿Cómo puede trabajarse en terapia?
La intervención dependerá de cuál sea realmente la dificultad.
En algunos casos el trabajo puede realizarse fundamentalmente con los padres para revisar patrones de sobreprotección, comunicación, establecimiento de límites y manejo de la preocupación.
En otros puede ser necesario trabajar directamente con el adolescente para desarrollar autonomía, regulación emocional, habilidades para resolver problemas o dificultades relacionadas con la ansiedad y la autoestima.
Cuando existen problemas familiares más amplios también puede ser útil analizar la comunicación y los patrones de interacción entre los distintos miembros de la familia.
No existe una técnica única para “enseñar a un hijo a equivocarse”. La intervención adecuada dependerá de lo que esté sucediendo y de qué factores estén manteniendo el problema.
Puedes ampliar información sobre nuestro trabajo con orientación psicológica para padres y sobre la atención psicológica a adolescentes.
Preguntas frecuentes
¿Es bueno dejar que los hijos se equivoquen?
Puede serlo cuando el riesgo es asumible y la situación es adecuada para su edad. Equivocarse puede ayudarles a practicar la toma de decisiones, asumir responsabilidades y buscar soluciones. No significa permitir situaciones peligrosas.
¿Cómo sé si estoy sobreprotegiendo a mi hijo?
Una señal que conviene observar es si intervienes habitualmente en situaciones que, por su edad y capacidad, podría intentar resolver por sí mismo, especialmente cuando lo haces principalmente para evitar que experimente frustración o malestar.
¿Qué hago si sé que mi adolescente está tomando una mala decisión?
Habla con él sobre las alternativas y las posibles consecuencias. Si no existe un riesgo importante, puede ser necesario permitir cierto margen para decidir y acompañarlo después, incluso si finalmente se equivoca.
¿Cómo puedo fomentar la autonomía de mi hijo?
Puedes transferir pequeñas responsabilidades de manera progresiva, permitir decisiones adaptadas a su edad y evitar ofrecer inmediatamente una solución cada vez que aparece un problema.
¿Debe asumir las consecuencias de sus errores?
Cuando las consecuencias son razonables, seguras y proporcionadas, pueden formar parte del aprendizaje. El objetivo no es castigar, sino ayudarle a comprender la relación entre decisiones y consecuencias.
¿Cuándo deberíamos pedir ayuda psicológica?
Cuando los conflictos, la dependencia, la sobreprotección, la ansiedad u otras dificultades emocionales estén interfiriendo de manera significativa en la vida del hijo o en el funcionamiento de la familia.
Proteger también significa dejar crecer
Como padres, probablemente seguiremos sintiendo el impulso de evitar muchos de los tropiezos que vemos venir.
A veces tendremos que hacerlo.
Pero otras veces nuestro papel será diferente: escuchar, orientar, advertir y permanecer disponibles mientras dejamos que sea nuestro hijo quien tome la decisión.
Porque crecer también implica descubrir que podemos equivocarnos, responsabilizarnos de lo ocurrido y volver a decidir.
Cuando encontrar ese equilibrio resulta difícil
Si estas situaciones están provocando conflictos frecuentes en casa o resulta difícil encontrar el equilibrio entre proteger y permitir autonomía, puede ser útil analizar qué está manteniendo el problema y qué tipo de intervención puede resultar adecuada para vuestra situación.
Información sobre orientación para padres →Número de colegiado C.O.P. Madrid: M-21496.
Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.

