La depresión es un trastorno emocional que afecta a millones de personas en todo el mundo. Aunque a menudo se considera simplemente como sentirse triste, la depresión es mucho más que eso. Es como caminar en un oscuro y tormentoso túnel, donde el sol parece estar fuera de alcance. En este artículo de ETHOS, exploraremos en profundidad qué es la depresión, cómo afecta a la rutina diaria, los síntomas, factores de riesgo y causas, así como el tratamiento y la importancia del apoyo emocional para superarla.

¿Qué es la depresión?

Para comprender la depresión, es importante entender que no se trata simplemente de experimentar tristeza ocasional. La depresión es un trastorno mental que afecta nuestra mente, emociones y cuerpo.

La depresión puede manifestarse de diferentes formas en cada persona, pero algunos síntomas comunes incluyen sentimientos de tristeza persistente, falta de energía, pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban, dificultades para concentrarse y cambios en el apetito y el sueño.

Es importante destacar que la depresión no discrimina y puede afectar a personas de todas las edades, géneros y trasfondos culturales. No es una señal de debilidad o falta de voluntad, sino más bien una condición médica legítima que requiere atención y tratamiento adecuados.

Además, la depresión puede tener un impacto significativo en la vida diaria de quienes la padecen. Puede afectar negativamente las relaciones personales, el rendimiento académico o laboral, y la calidad de vida en general. Es importante buscar apoyo y tratamiento profesional si se experimentan síntomas de depresión.

¿Cómo afecta a mi rutina diaria?

La depresión puede afectar drásticamente nuestra rutina diaria. Puede volverse difícil levantarse de la cama por la mañana, realizar tareas cotidianas, socializar con amigos o incluso gestionar nuestras responsabilidades laborales.

Las personas que sufren de depresión a menudo sienten una gran fatiga, tienen dificultades para concentrarse y pueden experimentar cambios en la forma en que duermen y comen. Esto puede llevar a un deterioro significativo en la calidad de vida y afectar nuestras relaciones personales y profesionales.

Además de los síntomas mencionados anteriormente, la depresión también puede tener un impacto en nuestra salud física. Las personas que luchan contra la depresión a menudo experimentan dolores de cabeza frecuentes, dolores musculares y problemas gastrointestinales. Estos síntomas pueden hacer que sea aún más difícil llevar a cabo nuestras actividades diarias y mantenernos productivos.

Por otro lado, la depresión también puede afectar nuestra vida social. Las personas que sufren de depresión pueden sentirse aisladas y tener dificultades para conectarse con los demás. Pueden evitar eventos sociales y actividades que antes disfrutaban, lo que puede llevar a una sensación de soledad y aislamiento.

Síntomas de la depresión

Los síntomas de la depresión pueden variar de persona a persona, y es importante reconocer que no todos los síntomas se presentan en todos los casos. Algunos síntomas comunes de la depresión incluyen:

  • Sentimientos persistentes de tristeza
  • Pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban
  • Cambios en el apetito y el peso
  • Fatiga y falta de energía
  • Dificultad para concentrarse o tomar decisiones
  • Sentimientos de culpa o inutilidad

Si experimentas algunos de estos síntomas durante un período prolongado, es importante buscar ayuda profesional para obtener un diagnóstico adecuado y un tratamiento personalizado.

Factores de riesgo y causas de la depresión

La depresión puede ser causada por una combinación de factores genéticos, químicos y ambientales. Algunos factores de riesgo para desarrollar depresión incluyen antecedentes familiares de depresión, eventos estresantes o traumáticos en la vida, desequilibrio químico en el cerebro y enfermedades físicas o trastornos mentales previos.

Es importante tener en cuenta que la depresión no es signo de debilidad ni es algo que una persona pueda superar simplemente con fuerza de voluntad. Es una enfermedad real que requiere atención y tratamiento médico adecuados.

Tratamiento para la depresión

El tratamiento para la depresión puede variar según las necesidades de cada individuo. Algunas opciones de tratamiento comunes incluyen terapia psicológica, como la terapia cognitivo-conductual o la terapia EMDR, el apoyo emocional y, en algunos casos, medicación.

La terapia psicológica puede ayudar a explorar y comprender las emociones subyacentes y desarrollar estrategias eficaces para hacer frente a la depresión. A través de la terapia, se pueden aprender habilidades de afrontamiento y cambiar patrones de pensamiento negativos.

La importancia del apoyo emocional: Cómo un psicólogo puede ayudar a superar la depresión

El apoyo emocional es fundamental en la recuperación de la depresión. Al igual que un faro que guía a los barcos en medio de la tormenta, un psicólogo puede dar un apoyo vital para aquellos que luchan con la depresión.

Un psicólogo puede trabajar contigo para identificar y abordar las causas subyacentes de la depresión, ayudándote a desarrollar estrategias efectivas para hacer frente a los desafíos emocionales. También puedes aprender técnicas de relajación y manejo del estrés, lo que te permitirá recuperar el control de tu vida y encontrar un camino hacia la sanación y la felicidad.

Por qué elegir ETHOS Psicólogos para tratar la depresión

En ETHOS Psicólogos, entendemos que cada persona es única y que la depresión afecta de manera diferente a cada individuo. Nuestro equipo de profesionales se compromete a aportar un tratamiento personalizado y comprensivo para ayudarte a superar la depresión.

Usamos enfoques terapéuticos basados ​​en la evidencia científica y nos enfocamos en trabajar en colaboración contigo para alcanzar tus objetivos de salud mental. En ETHOS Psicólogos, no solo encontrarás un lugar seguro donde hablar sobre tus emociones, sino también un equipo dedicado a ayudarte a encontrar la luz en medio de la oscuridad.

Ahora que hemos explorado en profundidad la depresión, sus síntomas, causas y tratamientos, esperamos que este artículo te haya dado una mejor comprensión de esta compleja enfermedad mental. Recuerda, nunca estás solo en tu lucha contra la depresión, y siempre hay ayuda y esperanza disponibles para ti.

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Psicólogo en Ethos psicólogos | info@ethospsicologos.es

Número de colegiado C.O.P. Madrid: M-21496.

Soy Andrés, licenciado en psicología con másters en terapia de pareja y familia, en psicología clínica y de la salud, en psicología legal y forense y clínico en EMDR.

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Historias de psicología

Leocadio y el peligroso arte de decir que sí

Una historia cotidiana sobre límites, culpa, favores y esos cinco segundos en los que sabemos que queremos decir que no, pero terminamos diciendo que sí.

Leocadio tiene 43 años, dos hijos, una familia a la que quiere y fama de ser resolutivo. En el trabajo saben que puede arreglar una hoja de cálculo, llevar unos papeles a la gestoría o resolver un problema de última hora. Su familia también sabe que normalmente está disponible.

Él se considera generoso.

También se considera agotado.

Durante mucho tiempo ha pensado que ambas cosas son consecuencia del mismo problema: la gente pide demasiado. Sin embargo, al empezar septiembre comienza a observar algo que hasta entonces le había pasado desapercibido.

Entre cada petición y cada «sí» existe un instante muy breve en el que Leocadio sabe perfectamente qué preferiría responder.

Esta es la historia de lo que ocurre cuando empieza a escuchar ese instante.

Lunes · Capítulo 1

Tranquilo, yo me encargo

El primer lunes de septiembre descubrí que durante agosto mi empresa había acumulado problemas con la misma eficacia con la que yo había acumulado kilos.

A las nueve y doce de la mañana todavía estaba intentando recordar la contraseña del ordenador cuando Sergio apareció junto a mi mesa.

—Leo, una cosa.

«Una cosa» es una expresión peligrosa. Nunca es una cosa.

—Dime.

Tenía que llevar unos documentos a una gestoría antes de las dos. Él salía a visitar a un cliente en dirección contraria.

—¿Te importaría acercarlos tú?

Mi primera respuesta apareció perfectamente formada en la cabeza.

Sí me importa. Hoy salgo a las dos porque tengo que recoger a Marcos. Además, la gestoría está a veinte minutos de aquí.

Lo tenía clarísimo.

—Tranquilo, yo me encargo.

Sergio me dio una palmada en el hombro.

—Me salvas.

Aquello produjo una satisfacción pequeña pero inmediata. Duró aproximadamente once segundos.

Después recordé lo de Marcos.

Yo: ¿Puedes recoger tú hoy al niño?

Nuria: Tengo reunión hasta las 15. Te lo dije ayer.

A las diez y media Teresa me pidió ayuda con una hoja de Excel. A las once, mi jefe preguntó si podía revisar una factura «cuando tuviera un momento». A las doce menos cuarto mi madre llamó porque no entendía un mensaje del banco.

A las doce y cinco yo estaba explicando por teléfono la diferencia entre una transferencia y un recibo domiciliado mientras intentaba arreglar una fórmula de Excel que no era mía.

Y me enfadé.

No con alguien en concreto. Con la humanidad.

Pensé que la gente tenía una extraordinaria capacidad para detectar a la persona que estaba ocupada y entregarle otra tarea.

Finalmente, mi cuñado recogió a Marcos.

Yo llegué a casa a las siete y cuarto.

—No he parado —anuncié al entrar.

Le hice a Nuria el inventario completo: Sergio, Teresa, mi jefe, mi madre, la gestoría, el tráfico y el banco.

Cuando terminé esperaba una frase solidaria.

Nuria dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomate.

—¿Y a cuántos les has dicho que no?

Me molestó bastante la pregunta.

Sobre todo porque sabía la respuesta.

¿Qué estamos observando?

Leocadio responde afirmativamente antes de valorar su tiempo, prioridades o ganas reales de hacer algo. Después vive la acumulación como si hubiera sido completamente impuesta desde fuera.

Martes · Capítulo 2

Cinco segundos

El martes decidí hacer un experimento.

No cambiar nada. Solo observar.

A las ocho y siete de la mañana apareció la primera oportunidad en el grupo de WhatsApp del colegio.

Grupo del colegio: Buenos días. ¿Algún padre puede llevar el jueves las cajas de folios para la clase?

Yo estaba untando mantequilla en una tostada.

Pensé: «Yo puedo».

Después: «Pero el jueves entro antes».

Después: «Seguro que nadie responde».

Después: «Van a pensar que siempre colaboran los mismos».

Después: «Si digo que no puedo parecerá una excusa».

Todo aquello ocurrió aproximadamente en cinco segundos.

Mis dedos ya estaban escribiendo:

Si hace falta las llevo yo.

No pulsé enviar.

—¿Qué haces? —preguntó Nuria.

—Nada.

Llevábamos dieciséis años casados. Nuria sabía distinguir perfectamente mi «nada» verdadero de mi «nada, pero no quiero que preguntes».

—No puedes el jueves.

—Puedo organizarme.

—No he dicho eso. He dicho que no puedes.

—Bueno, poder puedo.

Nuria bebió café.

Ese es tu problema. Técnicamente puedes hacer casi cualquier cosa si fastidias suficientemente el resto del día.

A los quince minutos otra madre escribió que ella podía llevar los folios.

Sentí alivio.

Y después cierta indignación conmigo mismo: había estado a punto de reorganizar una mañana entera para solucionar un problema que se había resuelto solo en quince minutos.

Al mediodía llegó otra prueba.

Eulalia: ¿Puedes venir el sábado a ayudarme a montar el armario de la niña?

Yo quería salir con la bici.

Escribí una respuesta explicando que llevaba semanas sin salir, que ya había quedado y que podíamos hacerlo otro día.

La releí.

La borré.

Finalmente escribí:

Sí, claro. ¿A qué hora?

Y durante unos segundos volví a sentirme estupendamente.

Lo que puede pasar desapercibido

Leocadio no espera a comprobar si alguien se enfadará. Anticipa la desaprobación y modifica su conducta para evitarla. Decir que sí elimina rápidamente esa incomodidad, aunque el coste llegue después.

Miércoles · Capítulo 3

La gente tiene mucha cara

El miércoles llegué a casa convencido de que había encontrado el diagnóstico definitivo de mi situación.

La gente tenía mucha cara.

No era un diagnóstico clínico, naturalmente. Era peor: era una conclusión.

Le expliqué a Nuria que Sergio volvía a necesitar un favor, que Teresa seguía preguntándome cosas que podía averiguar sola y que mi hermana había ocupado mi sábado.

—La gente se acostumbra —dije.

—Puede ser.

—Como solucionas una cosa, luego otra...

—Sí.

—Al final se aprovechan.

—También puede ser.

—Exactamente.

Nuria guardó unos yogures en la nevera.

—Pero Eulalia no sabe que no quieres ir el sábado.

Ahí terminó nuestra etapa de concordia.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Le has dicho que sí.

Llamé a mi hermana.

—Oye, lo del armario. ¿Tiene que ser necesariamente este sábado?

—No.

Hubo un silencio.

—¿No?

—Qué va. Te dije sábado porque pensé que igual podías. Podemos hacerlo el siguiente.

Me quedé mirando la pared.

—¿Tenías algo?

Estuve peligrosamente cerca de responder «no, no, tranquilo».

—Quería salir con la bici.

—Pues sal con la bici, criatura.

Eso fue todo.

Ningún reproche.

Ninguna ruptura familiar.

Nadie modificó el testamento.

Quizá algunas personas se aprovechaban. Pero otras simplemente me creían. Cuando yo decía «sí», entendían que quería decir sí.

¿Qué cambia aquí?

Una petición no siempre es una obligación. Si nunca expresamos nuestros límites, los demás tampoco tienen por qué saber que los están atravesando.

Jueves · Capítulo 4

Nadie me obliga

El jueves hice una lista.

La titulé:

COSAS QUE TENGO QUE HACER.

Había diecisiete.

Después añadí dos columnas:

¿Tengo realmente que hacerlo?

¿He dicho que sí?

La lista se volvió incómoda.

Llevar a mi madre al especialista: sí.

Preparar una tabla para Teresa: no exactamente.

Recoger un paquete de Sergio: tampoco.

Ir al cumpleaños del hijo de un conocido porque «a ver si nos vemos»: definitivamente no.

Buscar presupuesto para cambiar la fotocopiadora de la oficina pertenecía, directamente, a otro departamento.

A las doce apareció Sergio.

—Leo, ¿te puedo pedir una cosa?

Noté cómo mi cuerpo se preparaba para ser buena persona.

—Depende.

Sergio se rio.

—Hostia. Septiembre te ha cambiado.

Necesitaba que recogiera unas muestras al salir.

Mi respuesta habitual estaba preparada.

Pero esta vez dije:

Hoy no me viene bien.

No añadí nada.

Sergio esperó.

Yo también.

Aquello duró quizá un segundo y medio.

—Vale —dijo—. Se lo digo a Javier.

Y se fue.

Aparentemente, la sociedad seguía funcionando.

Aquella tarde comprendí algo.

Quizá el problema no era aprender a decir que no. Quizá era aprender a sobrevivir a los treinta segundos posteriores.

Lo que puede pasar desapercibido

Después de poner un límite pueden aparecer culpa, dudas o ganas de justificarnos. Esa incomodidad no significa automáticamente que hayamos hecho algo incorrecto.

Viernes · Capítulo 5

No puedo

El viernes recibí un mensaje de Roberto, un antiguo compañero.

Leo, el domingo hacemos mudanza. Si puedes venir con el coche grande nos salvas.

Lo primero que pensé fue que podía.

Técnicamente.

Después recordé que el domingo comíamos con mi madre y que había prometido hacer arroz.

También quería dormir.

Dormir no suele figurar como compromiso oficial, lo que probablemente explica por qué es tan fácil sacrificarlo.

Escribí:

Este domingo no puedo. Espero que vaya bien la mudanza.

Me pareció salvaje.

Estuve a punto de añadir una explicación.

No lo hice.

Pulsé enviar.

Después hice lo lógico: mirar el móvil cada treinta segundos.

Finalmente llegó la respuesta.

Sin problema. Ya le he preguntado a Dani. A ver si quedamos otro día.

Eso fue todo.

Empecé a sospechar que una cantidad importante de mi sufrimiento procedía de conversaciones ficticias.

Mi madre sí sabía enfadarse cuando le decían que no.

Mi jefe tampoco aceptaba todos los límites con una sonrisa.

Y mis hijos consideraban cualquier negativa relacionada con videojuegos una vulneración de derechos fundamentales.

Pero una cosa era que alguien se molestara y otra que yo tuviera obligación de impedirlo.

Una distinción importante

Sentir culpa después de negarnos no demuestra que hayamos actuado mal. A veces aparece simplemente porque estamos actuando de una forma distinta a la habitual.

Sábado · Capítulo 6

La catástrofe

El sábado salí con la bicicleta.

Los primeros veinte minutos fueron una demostración científica de que comprar equipamiento deportivo no mantiene la forma física.

A la primera cuesta me adelantó un señor que debía de tener diez años más que yo y unas piernas que parecían pertenecer a otro mamífero.

Le saludé como si hubiera decidido dejarle pasar.

A las once llamó Nuria.

—Cuando vuelvas, ¿puedes pasar por casa de mis padres a recoger una caja?

Podía hacerlo.

Pero implicaba convertir otra vez la mañana en una pequeña operación logística.

—Hoy preferiría no hacerlo.

Silencio.

—Vale —dijo Nuria—. Voy yo esta tarde.

—¿Te molesta?

—Un poco.

Ahí estaba.

La catástrofe.

Mi mujer estaba un poco molesta.

Esperé a que ocurriera algo más.

—Pero puedes estar molesta conmigo.

Nuria se rio.

—Gracias por autorizarme.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante años había organizado parte de mi vida para evitar exactamente aquello: que alguien estuviera un poco decepcionado, un poco enfadado o un poco incómodo conmigo.

Y allí estaba yo.

Nuria estaba ligeramente molesta.

Yo seguía vivo.

Seguíamos casados.

La OTAN no había activado ningún protocolo.

Quizá querer a alguien no consistía en conseguir que nunca se enfadara contigo.

Poner límites no elimina los conflictos

Un límite razonable puede generar cierta decepción. En las relaciones también hay diferencias, negociaciones y pequeños enfados. El objetivo no es conseguir que nadie se moleste nunca.

Domingo · Capítulo 7

Tranquila

Mi madre llamó el domingo a las diez y veinte.

Yo estaba cortando pimiento rojo para el arroz.

—Leocadio.

Cuando mi madre utiliza mi nombre completo sé que después viene una gestión.

Necesitaba que el lunes fuera con ella al banco.

—Es que estas cosas las entiendes tú mejor.

Miré el calendario.

El lunes tenía una reunión a primera hora y cita con el dentista a las dos.

Podía ir.

Naturalmente que podía.

Podía mover el dentista, adelantar trabajo, comer cualquier cosa en el coche y llegar al banco a las doce.

Mi vieja respuesta se acercó hasta la punta de la lengua:

«Tranquila, yo me encargo».

Pero dije:

Mañana no puedo. El miércoles puedo acompañarte.

—Pero yo quería dejarlo hecho.

Noté la culpa.

Era exactamente la misma sensación de siempre.

La diferencia era que ahora la reconocía antes de obedecerla.

—Ya. El miércoles voy contigo.

Mi madre suspiró.

—Bueno.

No sonó feliz.

Tampoco era imprescindible.

Antes de colgar dije:

—Tranquila.

Pero esta vez no añadí «yo me encargo».

A la una llegó toda la familia.

Mi madre apareció con una tortilla que nadie le había pedido. Eulalia trajo vino. Marcos discutió con su hermana porque uno respiraba demasiado cerca del otro. Nuria dijo que el arroz estaba un poco duro y yo defendí durante varios minutos que aquello se llamaba «punto».

Comimos.

Nadie habló de límites.

Nadie necesitaba hacerlo.

El miércoles acompañaría a mi madre al banco.

El próximo sábado montaría el armario de mi hermana.

Seguiría ayudando a Sergio algunas veces.

Seguiría haciendo favores.

La diferencia era pequeña y, al mismo tiempo, enorme.

Ser alguien disponible no significaba estar siempre disponible.

Antes de decir «tranquilo, yo me encargo», podía concederme unos segundos para averiguar si realmente quería hacerlo.

¿Qué nos enseña la historia de Leocadio?

Cuando hablamos de límites solemos imaginar grandes conversaciones, relaciones difíciles o personas claramente invasivas. Sin embargo, muchas dificultades aparecen en situaciones mucho más pequeñas.

Alguien pide algo. Podemos hacerlo. No queremos demasiado. Imaginamos cómo podría reaccionar si nos negamos. Y respondemos que sí.

El alivio puede llegar inmediatamente porque ya no tenemos que enfrentarnos a la incomodidad de negarnos. El coste puede aparecer después en forma de prisas, cansancio o resentimiento.

La historia de Leocadio muestra además otro matiz: las personas que nos rodean no siempre saben que están sobrepasando un límite si nunca se lo mostramos.

Aprender a poner límites tampoco significa decir que no sistemáticamente. Las relaciones implican favores, compromisos y, algunas veces, hacer cosas que preferiríamos no hacer.

La diferencia está en poder decidirlo.

Y también en aceptar algo que puede resultar difícil: alguien puede sentirse decepcionado con nosotros sin que necesariamente hayamos hecho nada malo.

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